El juego

Hasta el día de hoy, mi pueblo sigue siendo pequeño, y hace más de quince años tenía un lugar privilegiado entre la naturaleza, alejado de todo rastro de contaminación de lo que ahora es el augurio de una gran ciudad. No había pavimentación y en temporadas de lluvia, mi calle era un riachuelo en el cual podía jugar paseando un barco de papel y a cuanta cosa se me ocurriera. Las piedras se tornaban de tonos blancos grisáceos cada verano durante los días de pequeños diluvios, consecuencia de suaves temporales.

La recepción de televisión era todavía precaria, a través de antena y nos teníamos que conformar con dos canales. Más de la mitad de mi hogar era verde. Detrás de mi casa había un árbol enorme en el cual me sentaba horas y horas, buscando formas a las nubes, percatándome de su movimiento a veces lento y a veces veloz, o simplemente mirando el cielo. Tampoco tenía muchos amigos, al menos en el primer lustro de mi vida no recuerdo haber tenido personas cercanas que no fuesen mi familia. En mi calle no eran muchos vecinos, y casi todos eran gente mayor que todos los días se iba el trabajo y no regresaban hasta ya anocheciendo. El primer amigo que recuerdo no tenía nombre, era un gato negro que llegó solo a donde estaba yo, le daba de comer, me seguía. Aparecía en el patio de mi casa. Por las noches lo escuchaba pelearse con otros gatos. Uno más astuto que él llegó a lastimarlo severamente hasta casi sacarle un ojo. Cuando creció un poco, se fue de la misma manera en que vino, o al menos eso pensé.

El segundo amigo tampoco tenía nombre. Al menos nunca se lo pregunté. Vivía al lado de mi hogar, era rubio y tenía mi edad o quizá un poco más. Nos veíamos casi todo el tiempo mientras nuestras madres platicaban los chismes de lavadero.

¿Jugamos un juego?

No puedo acordarme cómo, ni dónde, ni mucho menos cuándo empezó, sólo recuerdo que desde hace mucho acepté jugar.

Sí. ¿A dónde vamos?

Ahí en medio de una calle vacía, bajo el grueso quicio de puertas que siempre estaban cerradas, vi de nuevo al gato. Pude ver su ojo posándose en nosotros desde unos de los tejados.

Ven. Nadie nos verá.

Cinco o seis años. Nuestra piel limpia y tersa, nuestros cuerpo trabajados únicamente por brazos maternales.

Me la voy a quitar. También tú. Te daré un beso.

Y lo hizo. Sentí extraño. Algo despertaba en mí y de momento no sabía qué decir o qué hacer.

Ahora te voy a besar yo, pero aquí. Sólo ponte así. Tú bájatelos.

Y lo que sentía comenzó a hacerse ver, y los dos supimos que pasaba algo ahí abajo. En esos momentos la mayor parte de mí era un inmenso latir; y mis ojos, mi corazón y aquella otra extraña fuerza de mi cuerpo se dirigían hacia él.

Voy a hincarme.  Cierra los ojos. No digas nada.

Y mi rubio vecino empezó aquél juego. Tardé en darme cuenta que yo también lo estaba jugando. Llegada la hora, la inocencia se desvaneció un momento y volvió a aparecer trayendo con ella un torbellino de emociones.

¿Sientes? Aquí voy. Quédate así. Voy de nuevo.

Una y otra vez. Sí, fueron varias, quizá muchas veces; no existió ninguna travesura, y sin embargo algo nos obligaba a callar. No es que importara, no nos percatábamos si estaba bien o mal, tampoco si lo deberían de saber los demás, era cuestión de tan sólo dejarse llevar… dejarme llevar por la situación, explorar y hasta cierto punto disfrutar de ése extraño calor. Sólo era nuestro juego.

¿A qué horas sale de la escuela?

¿A dónde habrá ido?

¿Por qué tu amiga y él ya no nos visitan, mamá?

Esa casa ya tiene mucho que está vacía.

¿Los recuerdas?

¿Cómo se llamaban? ¿Y el niño?

¿De casualidad sabes si aún viven aquí?

No sé, de repente me acordé.

El juego no terminó.

Así han estado las cosas desde entonces. Sigo jugando como la primera vez. A veces entre callejones oscuros, a escondidas, como intentando ocultarme de algún negro gato que viene a vengarse por lo de su ojo. Tratando de ignorar a toda la gente que ha hurgado más en el fondo y murmura al pasar. Otras muy raras en las que sólo intento esconderme de mí mismo.

Gente pasar. Que viene y se va. Como el gato. Como los compañeros que he tenido en este adictivo juego desde que dejé de verle.

A veces quisiera volver a aquél árbol, otra vez recostarme y ver las nubes pasar, cerrar mis ojos y esperar…. Volver al pasado, cuestionarme acerca de lo que nos espera. Viajar a través de dimensiones temporales y volver. Preguntar su nombre, descubrir cuánto hemos cambiado.

¿Qué fue de ti?

¿Todo siguió igual o yo fui el único que eligió andar entre rumbos distintos? ¿La vida hubiese seguido así aunque no hayamos descubierto este camino?

¿Qué es lo que sientes en el interior de tu espíritu?

¿Encontraste la puerta que conduce a los secretos? Porque yo en realidad no he encontrado nada… sólo presunciones, meras presunciones.

Me visualizo ahora con lo que pasó ayer y no he notado mucha diferencia. Los episodios que anteriormente viví y los que hoy sigo viviendo, están marcados por un mismo sentimiento. El simple placer de volver a hacerlo una y otra vez, el sudor, el éxtasis… no se contradice del todo con la impresión del niño al que alguien le enseñó una nueva forma de jugar.

Desearía volver a tener cinco años y volver a mi pueblo verde y azul. Desearía que fuera de noche y regresar al árbol adornado con luces de neón. Ese lugar donde quedó atrapada aquella última chispa de mi inocencia.

Hasta el día de hoy, ahí solo hay estigmas imposibles de borrar, estigmas que a pesar de todo, no quiero olvidar.

El mundo partido en dos

Alguien ha partido el mundo. No sabemos quién ni cuándo, nadie lo vio. Es un abismo hondo, lo veo desde lo alto de mi casa y parece que no tiene fondo. De ahí surge un río caliente; la delgada línea que se mueve -supongo es su corriente- emana luz rojiza desde su profundidad. Puede que tardes mucho tiempo en llegar al mar herviente si por razón alguna llegas a lanzarte.
Al principio nos asustamos, pero nos hemos acostumbrado despacio a vivir así.

Dejamos al tiempo correr, sin imaginarnos lo que pasaría. Por la mañana al despertar, nos dimos cuenta de nuestro espacio inalcanzable, fue entonces que nos resultó imposible de atravesar.

El abismo del que hablo está en medio tuyo y mío. Cruza la calle, separa nuestros hogares, no podemos siquiera acercarnos por temor a caer.

Aunque no pueda hablarte, tu confianza lejana me deja pensar en ti, y en mis pensamientos decir tu nombre aunque no sepa en realidad cuál es. Sin palabras, desnudos, intentando por lo menos comprender la naturaleza del caos, nos conformarnos con estar ahí y decirnos en silencio que desde lejos intentaremos protegernos.
Alguien ha partido el mundo en dos. No sabemos quién ni cuándo. Nadie lo vio. Llego a pensar, quizá nosotros mismos hemos clavado la cuchilla, la estocada final que causó la llaga podrida, sin esperanzas de sanar. Almas heridas, uno de tantas, tantas de miles.
En el sitio en el que te encuentras, también ves lava fluir. Entonces el río enfurece, la corriente se torna más salvaje, lleva tumbos de ansiedad.  Me imagino allá a tu lado. Cómo serían las cosas si el mundo no estuviera separado. Si nosotros estuviéramos juntos, para así perpetuarnos más allá de la mirada.

Amanece y permanecemos quietos, enervados por la droga invisible, del deseo de la noche, el brillo tenue de otros soles, los otros ojos, los de Dios.

Después de unas horas, volvemos a prestar atención ahí abajo. La enormidad nos sigue separando. No podemos hacer nada, tan sólo vigilar el gran vacío con incredulidad.

Sin embargo, nunca te he sentido lejos.

Como todas las noches me pongo a pensar. ¿Por qué a pesar de que el planeta está golpeado, todavía sigue girando? ¿Todavía existe algo que le impida desmoronarse? ¿Por qué alguno de los dos no ha tenido el valor de cruzarlo?  Yo aquí y tú allá. Siento que puedo intentarlo, puedo saltar. Si caigo al umbral infinito ¿Qué es lo que harás? ¿En medio de este desastre, aún podremos escapar?
Hay veces en que siento que somos inmensos, y otras como realmente somos: tan sólo dos átomos en el universo.

Yo lo sé

Todo está planeado, lo hemos ya calculado. Me dirigiré silenciosamente hacia la hamaca donde estarás sentado, te ves tranquilo, con aquella camisa sucia pero que me gusta como huele. Huele a puro del tabaco del que fumas, huele también a perfume, agua de colonia, huele a tus largos pasos por el sendero de la vida.
Acabas de llegar de la calle, quién sabe dónde te habrás metido. Pedirás un vaso de agua. Te lo llevaré y tu lo aceptarás, pero ambos sabremos que esa no es tu traviesa intención. Sé perfectamente que cuando termines de beber, arrojarás ése vaso, por sorpresa tomarás mi mano y no me soltarás. Yo trataré de zafarme, claro está, pero tampoco me voy a soltar, en realidad no quiero; al final tu nieto siempre logra caer en tu broma. Me revolcaré en el suelo y el pasillo se inundará de gritos y carcajadas a causa de las cosquillas que me haces con tus manos ya dañadas por los años.
Me levantarás y me sentaré en tus piernas, estarás algo cansado, otra vez no te dejaron dormir los duendes que dices que mecen tu hamaca por las noches. ¡Malditos duendes, los odio tanto! Pero ya no te dejaré solo, estaré contigo, quisiera curar tus heridas que de repente te salieron en la piel por que según te la pasabas comiendo muchas cosas dulces, pero mi abue no me deja, yo no creo que mis dulces te hayan enfermado, cuando pueda, a escondidas,  te llevaré de los que te gustan, pero sólo unos cuantos.
Me recostaré a tu lado y me contarás mi cuento preferido, si, aquél que hablaba del gigante come niños que vivía en el cerro, y que un día, tus papás y los de tus amigos capturaron, y es que se va la tarde demasiado rápido. Mientras en la sala ven la tele, antes de que mi má llegue de trabajar, nos mecemos en tu hamaca.
El cuarto oscuro y el resplandor azul de la televisión como que nos hipnotiza,  en este largo pasillo y al otro lado el patio que dejar ver el cielo estrellado. Poco a poco iré cerrando mis ojos y los dos caeremos dormidos.
Sé que la próxima vez que los abra, tú seguirás ahí, yo sé que algún día te volveré a ver, sé muy bien que tarde o temprano despertaremos juntos otra vez.