Retratos

En la academia, una de las primeras tareas del maestro Marco Aulio Prado fue que realizáramos un autorretrato. No tenía dominio en dibujar facciones y mis autorretratos eran peores. Es difícil verse a sí mismo. Cuando el yo del pasado se hace tan distante, es cuando al fin puedo sentirme orgulloso de él y aceptarlo. No sucede lo mismo con las demás personas que pinto. Cuando se trata de otros, la pauta está en qué tanto te adentres a conocerlos, encontrar la luz de sus historias y el cariño que depositas en ellas.

Cheiropteron

 

I

Si quieres no cagarla tanto en el amor (y en la vida), aprende a distinguir el sabor de los besos. De verdad, te sacan de muchos apuros y aprietos. Aprende a distinguir de qué están hechos. No hablo de distinguir si saben a menta o a un taco al pastor, o a mota o a Marlboro. Hablo de su mecanismo, de su lugar de origen.

Una de las pocas cosas que puedo presumir de mí, es que soy muy bueno en eso: soy excelente besador. Lo descubrí a ciegas, sin querer, y lo confirmé dos minutos después. Es increíble pensar que lo descubrí también mintiendo. Es un secreto a voces que muchos lo practican entre amigos, o en algún juego de secu o hasta de primaria. Pero realmente nunca había besado ni de broma a nadie. Estaba tirado en la cama junto a él. Tenía una bomba que se iba a salir desde mi pecho. No estaba preocupado por el cómo llegué hasta ahí, ni el por qué. Estaba realmente preocupado porque con toda seguridad faltaba muy poco para que llegara la hora del beso, y yo no sabía cómo besar. Inventé para prevenir mi posible falta que era muy malo besando a las chicas. Tonterías. No había besado antes a nadie. Ni a ninguna chica ni a ningún chico. ¡A nadie!

Alguien podría decir “es estúpido, sólo se besa y ya”.  Este es precisamente el error más grande que se puede cometer al comenzar oficialmente tu vida sentimental. Posteriormente ése sofisticado sentido de probar la esencia de un beso se nos debilita, la esperanza de un futuro descubriendo las virtudes de otrora en cuestión puede más que una primera vez y ya de ahí sólo nos ocupamos en “besar y ya”. Pero hay algo de cierto en eso, sólo algo. Y es que para poder hacerlo no tienes que pensarle tanto, sólo estar seguro, saber que es el momento, cerrar bien los ojos, soltarte de todo el mundo y olvidarte del exterior. Tienes que olvidar quién eres, y comenzar a preguntarte más bien qué eres ahora y por quién estás ahí, sumergido en esa complicidad.

Lo sé y no me defenderé si te dicen ahorita que soy como el diablo. Pero créeme que en aquella época yo era muy puro de corazón. Casi un niño. Eso me facilitó mucho la transición, porque cuando eres puro de corazón puedes amar sin más, y te ahorras las técnicas de concentración que te acabo de mencionar. Fue así que me lancé decidido al campo de batalla, con una delicadeza sutil pero firme y constante, comencé a desenterrar secretos en aquellas arenas. Me sentía como un dragón; sentí que derretía témpanos de hielo. Que el más preciado de los diamantes se encontraba congelado mucho más adentro y aguardaba mi llegada, para raptarlo, llenarlo de calor y guardarlo para siempre como si se tratase de un importante regalo. Él lo sintió. Estaba extasiado por esa energía. Pasa un momento como de diálogo invisible, y el código secreto anunciaba que le tocaba a él. Quería ahora demostrarme su poder. Me puso boca arriba y lo último que vi, fueron sus ojos en blanco, antes que yo cerrara los míos para no tener que volver a verlos. Y sacó de su boca una lengua tan grande que parecía que una ola golpeaba las costas de mi apacible mar. Tosco, sin gentileza ni cuidado. Supe que yo en los poquísimos minutos de preparación había entendido mejor cuál era el sentido de la naturaleza de los besos y me había llevado el premio a la entrega. Y había guardado para la posteridad ese ritual mío de energía y poder, pero también de aprecio, y en las temperaturas de lo que dicta el corazón, también de amor o cariño.

Pero estaba yo tan extasiado y alucinado que no me importaron esos pequeños detalles. Ni me di cuenta cuando le crecieron esos colmillos, ni cuando me los clavó sin piedad en mi pobre cuello…

Me desmayé del dolor, queriendo gritar y sin poder llorar por la conmoción. Pero fue en vano: desperté ya muerto. Un fuerte dolor me agobiaba y ahí seguían esos dos orificios profundos, secos de todo rastro de sangre. Aún los tengo. Como que no pueden cicatrizar, pero tampoco están frescos. No estaba asustado, de hecho no tenía intenciones de reclamarle, ni salir corriendo. Cuando desperté sólo lo miré, con una cara, eso sí, de resentimiento, mas no de rencor. Antes pude ver a través de ese beso su pasado. Sin que me lo dijera, vi mientras me besaba, un pequeño puñado de incautos que habrían llegado antes que yo. A todos los mató. Pero yo era algo nuevo; ninguno de ellos llego tan lejos, al preciado diamante, yo fui el primero que llegó hasta ahí y habría conseguido hacerlo mío.

Ni siquiera dio una explicación de por qué lo había hecho. ¡Ni siquiera se disculpó! Aunque no importaba tanto, porque para aquél entonces yo solamente quería seguir besándolo. Sí, yo aún era un inocente niño. Me enamoré de él en tan poco tiempo y me pude haber enamorado también de cualquiera que me hubiese querido ligar. Pero le tocó a él. Y nos besamos por horas. Y el plasma frío de la muerte en mis venas de repente aumentaba hasta hervir. Justo en ese momento aprendí algo y lo más importante de mi nueva condición: puedo volver a vivir, quizá breve, si mi cuerpo arde en deseo y pasión.

Después de eso, nos seguimos viendo. El verle se volvió una obsesión y el besarlo aún más. Me bastaba sólo el sabor de su boca. Era el nuevo sabor de una fruta dulce, como miel en el agua o canela en una taza de café. Me acostumbré a esa lengua, creo que hasta ahora no me he topado con otra igual, con esa lubricación, esa humedad, ése oleaje que se fue volviendo sereno,  retenido hasta que lo nuestro tuvo que acabar. Pero faltaba mucho para que eso ocurriera. Aunque bueno, para la edad que él tenía, ese mucho debió ser un soplido de viento.

Decirle a mi familia que era un vampiro podía esperar. Por aquél entonces acababa de mudarme a estudiar a Chilpancingo, compartía con mi hermana un pequeño cuarto situado en la avenida Álvarez. Para mi fortuna ella estudiaba y trabajaba hasta bien noche. Jamás notó que dejé de ir a la escuela por las mañanas, tampoco se percató de mi sueño profundo por las tardes para despertar como a eso de las seis y media o siete de la noche, cuando del sol solo quedaban sus rayos de luz.

Los rayos del sol no pueden matarnos, de hecho tampoco el sol. Pero yo era un vampiro recién convertido, y los vampiros jóvenes comenzamos siendo sensibles a algunas de las creencias que se pregonan. Cuando la circunferencia del sol estaba oculta, podía salir sin problemas, aunque el claro de luz aún estuviera iluminando la ciudad. Con el tiempo mi cuerpo se volvió más fuerte y el sol dejó de ser un problema.

Aunque él aparentemente era ya inmune al sol, prefería que nuestros encuentros fueran siempre de noche. Ahí, aparte de complacerme con esos besos que me llevaron a la muerte, me convidaba de lo que tenía para sobrevivir. Acostumbraba llevar al cuarto a sus fajes para desangrarlos, pero estábamos en el 2003 y alimentarse de la sangre de otros no era una actividad que se pudiera hacer con facilidad como en siglos pasados. Había que racionalizar el alimento para no tener que matar a media ciudad.

Lecciones

Una de las lecciones más importantes que recibí durante la universidad, fue con la Dra. Neysi Palmero. La tarea consistía en redactar en días previos, una crónica de actualidad que respetara los principios básicos que rigen el oficio periodístico. Llegada la hora, teníamos un compendio de relatos en su mayoría de tinte policiaco, político y deportivo. Todos sentíamos que habíamos hecho un trabajo chingón. Se leyeron en voz alta algunos, entre ellos una extensa historia presentada por una compañera acerca de una madre soltera que trabajaba casi a 24/7 para sacar adelante a su hija pequeña. Al terminar, la opinión de muchos resultó en una unánime calificación negativa y un chiflido colectivo. La razón se debía a que según nosotros, la crónica de nuestra compañera no era de interés. Fue entonces cuando mi maestra, en una justa defensa, nos puso en los zapatos de la protagonista de la historia, y de su sentir. La profesora Neysi nos hizo profundizar en la crónica desde un ángulo emocional y moralmente reflexivo y nos exhortó a no olvidar nunca el valor más importante: el valor humano.

Es 2020. La información fluye de golpe en tiempo real, y es el puntero de reacciones inmediatas por excelencia. Las fuentes son más locales y el flujo informativo se da entre círculos más comunitarios. Uno de mis mayores pesares es ver cómo en redes, la profesión periodística, su compromiso social y su ética se perdió a medida que confundimos periodismo con una práctica de comunicación convencional.

Es aquí donde los que se han acercado al área de los medios, y se han comprometido formalmente a la práctica – tengan bases académicas o no – deberíamos de replantearnos qué clase de contenido estamos emitiendo y si ése contenido como tal, está cargado de la verdad y la imparcialidad necesaria, pero sobretodo del valor humano que se necesita para que nuestro entorno inmediato sea mejor.

Las prácticas de comunicación son naturaleza propia de cualquier persona, se tiene el derecho y el espacio de hacerlo, con las herramientas a la carta que el medio le ofrece. Pero eso no es periodismo.

El periodismo encierra mucho más que eso, requiere de ciertas habilidades y códigos de ética, que aunque no se quieran ver, están ahí como pauta para un buen contenido y claridad en el mensaje. Arroparse del calificativo debería de ser algo cauteloso y responsable, pues al hacerlo, el comunicador se compromete también no solo a señalar o a exhibir la verdad. Si hablamos de periodismo de opinión, debemos hacerlo con inteligencia y elegancia literaria, sacando provecho de las expresiones populares para enganchar al público y que lo disfrute. Si de comunicación comunitaria se trata, el sentido de unión debe perseverar. O sea que es responsabilidad también que a través de su material, pueda encaminarnos con discreción, respeto y destreza hacia un campo de solución, sin agresiones ni divisiones entre la comunidad.

En temas de nutrición, alguien dijo que somos lo que comemos. Con la información ocurre lo mismo que con la comida. La información en forma de noticia o cualquier tipo de expresión, es alimento mental que inevitablemente digerimos cuando lo vemos, entrena nuestros gustos puedes encontrarla en todos lados. De nosotros dependerá cómo la queremos servida. Procuremos pues, que sea algo de calidad.

Recuerden: cualquier oficio chido, saca lo bueno de nosotros y no lo peor.

Juntos de nuevo

Volver a casa ¿Pero cómo se puede volver cuando nunca te has ido? ¿Cómo es que el patio de la casa vuelve a tener el color de miles de días que estuvieron encerrados en el atardecer? Estos días de resguardo, estos días del presente, si algo me han dejado, es que han sido también para valorar la infinita dicha de estar, los que podemos, juntos un día más y tenernos. Varios se fueron, pero llegaron otros a llenar el vacío, a repintar las marcas de la bicicleta, del gis de la rayuela. Llegaron a encender más luces de  bengala, a reavivar el verde del almendro, o del árbol de toronja, o el de guayaba, u otro fruto nuevo. Y cada vez al bailar, al romper la piñata, te detienes a pensar por un momento el “cuánto más”. Entonces, deseas con todas las fuerzas, que al menos, los que aún estamos, se queden para siempre en el patio de esta fiesta.