En algún lugar del fin del mundo, al final de todas las horas.

EN ALGÚN LUGAR DEL FIN DEL MUNDO, AL FINAL DE TODAS LAS HORAS

Ha pasado mucho, pero realmente mucho desde que te conocí y está de más decir que ambos ya somos dos simples extraños, nos perdimos la pista, no nos afecta ni nos importa, ninguno de los dos siente ya nada en absoluto, decir nuestro nombre o escucharlos sólo nos evoca indiferencia, nada más, o alguna otra imagen del pasado que no se quiere recordar. Y sin embargo, recuerdo muy bien el día en que todo empezó. Eran las siete de la mañana en el tercer piso donde estaba el salón en nuestro primer día de clases. Llegué tarde. Pedí permiso al profesor para poder pasar. Acto seguido busqué la primera butaca que estuviera vacía. Por todo lo que fuera imposible, justo después de sentarme volteé la mirada hacia atrás y ahí estabas, mirándome también.

Lejos de casa, niños aún, para nosotros no era una ciudad nueva. Era más que eso. Era un mundo nuevo. Un nuevo hogar donde podíamos dejar atrás el miedo interior que los pueblos grises y marchitos de donde veníamos nos habían heredado. Definitivamente hoy ya no sentimos ni queremos saber nada. Pero cuando todo empezó, éramos dos niños que justamente encontramos lo que necesitaba el uno del otro. Como por magia.

En ése extraño mundo, entre la realidad y el hondo camino de la conciencia, con mucho miedo, con el corazón que parecía explotar de nuestro pecho.  Viajamos para encontrarnos entre primeras y últimas citas, disfrazadas de horas de hacer tarea, de invitaciones a comer después de la escuela, de días libres para pasear por el centro de la ciudad. Nos preguntamos qué pasaba. ¿Por qué el querer acompañarnos siempre después de la escuela? ¿Por qué las charlas que se alargaban de la tarde hasta la noche? ¿Por qué teníamos tanto miedo de un abrazo a solas? ¿Por qué temerle a ese gesto de cariño sincero? ¿Acaso era diferente si lo hacíamos a solas o recostados por casualidad en una de nuestras camas, al llegar de la calle, aventando las mochilas y dejarnos caer cansados de un día de trabajos escolares? ¿Por qué mentirte sobre novias imaginarias? ¿Por qué decirte que no era bueno besando cuando ni siquiera había besado antes a alguien? Y ahí en menos de un minuto aprendimos lo más básico de una prueba de amor. En un halo misterioso de liberación, de alivio pero de igual manera sofocante, que desesperaba, donde todo lo que decíamos y prometíamos parecía ir y venir.

“Sólo somos el principio” nos decíamos. “Encontrarás a alguien más después de esto”. El trato era ineludible. El sonido de los coches y las luces atravesando las ventanas hipnotizaban. Hacían que aquella sentencia fuera soportable mientras duraba el beso, o en lo que el sudor de la piel desaparecía, o en lo que alcanzábamos a quitarnos lo poco que podíamos de nuestra ropa porque para los dos, las cuatro paredes nunca estaban solas, y aparte de mí y de ti, el eco de veintitantas voces nos circundaba, y nuestras voces susurrando atravesaban los muros y se podía escuchar a todo oído. Después de eso muchas veces soñé con romper las cadenas que me unían a tí… pero era aún débil y en aquél momento jamás lo logré. Después de eso nos rendimos. Lentamente tiramos al suelo todas nuestras armas. Te alejabas. Vi tus lágrimas y vi tu miedo al decir que aquello no era correcto. Que alguien más allá del cielo, del espacio y del tiempo, en silencio nos condenaba.

Cuando decía que yo también haría el intento de olvidar, entre sueños me soltaba de mi cuerpo y retaba a mi mente a viajar hasta allá, a esa luz sideral a la que te entregabas. Intentaba comprender sin éxito tu decisión firme de no seguir. De verdad te juro que hice todo lo que estaba en mi para tener algo de tu firmeza, y que a mí me faltaba. Y me llenaba de furia al ver que te seguía perdiendo. Desde ahí comencé a escribir en prosa, a vaciar en letras por ti lo que no pude lograr con hechos o palabras. Hacía lo posible para ver del otro lado del espejo, para entender, pero no para cumplir lo que habíamos quedado, si no para que vieras que no había maldad ni oscuridad en nuestras almas. Pero al final pasó. Y vino otro alguien que nos ayudó a olvidar por completo la historia que nos ataba en aquél lugar… Y moriremos lejos, muy muy lejos el uno del otro, y la imagen tuya o la mía será de las últimas en aparecer cuando llegue el último tren de recuerdos, aunque en el corazón existan cosas perdidas que simplemente están.

Nosotros mismos somos un recuerdo vago en la mente. Lo que decíamos se cumplió: sólo fuimos el principio. Esto es por lo que fuimos. Contigo supe ser valiente, supe llenarme de seguridad para el futuro que me esperaba. No te doy las gracias, sólo quiero hacer esto porque me dio gusto haberme cruzado en tu camino, porque durante eso que vivimos aprendí a querer a alguien, a quererme a mí mismo, y a avanzar sin miedo – ya sea acompañado o solitario – hacia la misma oscuridad, eterna, a la que se le tiene que hacer frente.

Pero antes de la última estación, en alguna habitación estrecha, de repente recordarás las nubes cercanas a la ciudad. Verás la luz de los postes reflejada en ellas y querrás regresar. No te dejes llevar. Es sólo un efecto más. Intenta olvidarlo. En alguna vía solitaria luché también para borrar también las malas memorias. Sólo las malas, por ejemplo…  el dolor al desgarrarse el alma. Que en el recuerdo sólo exista espacio para la noche de las cortinas azules, para los pasos sigilosos en la oscuridad, las luces hipnóticas de los coches al barrerse por las cuatro paredes, con el miedo al pensar si nos podía descubrir la gente que jamás llegó. Que en algún lugar de nuestra mente solo quede el sudor, el abrazo del “todo pasará” y del “sólo somos el principio”, el beso de la complicidad, el desvelo de las batallas, el hastío del “¿y hoy quién se dejará?”.

El algún lugar del fin del mundo, llevas en tu mano la pistola y te sobra la última bala. Al final de todas las horas, si así lo sientes, tal vez logres derribar al ojo que vigila en la atalaya.

El juego

Hasta el día de hoy, mi pueblo sigue siendo pequeño, y hace más de quince años tenía un lugar privilegiado entre la naturaleza, alejado de todo rastro de contaminación de lo que ahora es el augurio de una gran ciudad. No había pavimentación y en temporadas de lluvia, mi calle era un riachuelo en el cual podía jugar paseando un barco de papel y a cuanta cosa se me ocurriera. Las piedras se tornaban de tonos blancos grisáceos cada verano durante los días de pequeños diluvios, consecuencia de suaves temporales.

La recepción de televisión era todavía precaria, a través de antena y nos teníamos que conformar con dos canales. Más de la mitad de mi hogar era verde. Detrás de mi casa había un árbol enorme en el cual me sentaba horas y horas, buscando formas a las nubes, percatándome de su movimiento a veces lento y a veces veloz, o simplemente mirando el cielo. Tampoco tenía muchos amigos, al menos en el primer lustro de mi vida no recuerdo haber tenido personas cercanas que no fuesen mi familia. En mi calle no eran muchos vecinos, y casi todos eran gente mayor que todos los días se iba el trabajo y no regresaban hasta ya anocheciendo. El primer amigo que recuerdo no tenía nombre, era un gato negro que llegó solo a donde estaba yo, le daba de comer, me seguía. Aparecía en el patio de mi casa. Por las noches lo escuchaba pelearse con otros gatos. Uno más astuto que él llegó a lastimarlo severamente hasta casi sacarle un ojo. Cuando creció un poco, se fue de la misma manera en que vino, o al menos eso pensé.

El segundo amigo tampoco tenía nombre. Al menos nunca se lo pregunté. Vivía al lado de mi hogar, era rubio y tenía mi edad o quizá un poco más. Nos veíamos casi todo el tiempo mientras nuestras madres platicaban los chismes de lavadero.

¿Jugamos un juego?

No puedo acordarme cómo, ni dónde, ni mucho menos cuándo empezó, sólo recuerdo que desde hace mucho acepté jugar.

Sí. ¿A dónde vamos?

Ahí en medio de una calle vacía, bajo el grueso quicio de puertas que siempre estaban cerradas, vi de nuevo al gato. Pude ver su ojo posándose en nosotros desde unos de los tejados.

Ven. Nadie nos verá.

Cinco o seis años. Nuestra piel limpia y tersa, nuestros cuerpo trabajados únicamente por brazos maternales.

Me la voy a quitar. También tú. Te daré un beso.

Y lo hizo. Sentí extraño. Algo despertaba en mí y de momento no sabía qué decir o qué hacer.

Ahora te voy a besar yo, pero aquí. Sólo ponte así. Tú bájatelos.

Y lo que sentía comenzó a hacerse ver, y los dos supimos que pasaba algo ahí abajo. En esos momentos la mayor parte de mí era un inmenso latir; y mis ojos, mi corazón y aquella otra extraña fuerza de mi cuerpo se dirigían hacia él.

Voy a hincarme.  Cierra los ojos. No digas nada.

Y mi rubio vecino empezó aquél juego. Tardé en darme cuenta que yo también lo estaba jugando. Llegada la hora, la inocencia se desvaneció un momento y volvió a aparecer trayendo con ella un torbellino de emociones.

¿Sientes? Aquí voy. Quédate así. Voy de nuevo.

Una y otra vez. Sí, fueron varias, quizá muchas veces; no existió ninguna travesura, y sin embargo algo nos obligaba a callar. No es que importara, no nos percatábamos si estaba bien o mal, tampoco si lo deberían de saber los demás, era cuestión de tan sólo dejarse llevar… dejarme llevar por la situación, explorar y hasta cierto punto disfrutar de ése extraño calor. Sólo era nuestro juego.

¿A qué horas sale de la escuela?

¿A dónde habrá ido?

¿Por qué tu amiga y él ya no nos visitan, mamá?

Esa casa ya tiene mucho que está vacía.

¿Los recuerdas?

¿Cómo se llamaban? ¿Y el niño?

¿De casualidad sabes si aún viven aquí?

No sé, de repente me acordé.

El juego no terminó.

Así han estado las cosas desde entonces. Sigo jugando como la primera vez. A veces entre callejones oscuros, a escondidas, como intentando ocultarme de algún negro gato que viene a vengarse por lo de su ojo. Tratando de ignorar a toda la gente que ha hurgado más en el fondo y murmura al pasar. Otras muy raras en las que sólo intento esconderme de mí mismo.

Gente pasar. Que viene y se va. Como el gato. Como los compañeros que he tenido en este adictivo juego desde que dejé de verle.

A veces quisiera volver a aquél árbol, otra vez recostarme y ver las nubes pasar, cerrar mis ojos y esperar…. Volver al pasado, cuestionarme acerca de lo que nos espera. Viajar a través de dimensiones temporales y volver. Preguntar su nombre, descubrir cuánto hemos cambiado.

¿Qué fue de ti?

¿Todo siguió igual o yo fui el único que eligió andar entre rumbos distintos? ¿La vida hubiese seguido así aunque no hayamos descubierto este camino?

¿Qué es lo que sientes en el interior de tu espíritu?

¿Encontraste la puerta que conduce a los secretos? Porque yo en realidad no he encontrado nada… sólo presunciones, meras presunciones.

Me visualizo ahora con lo que pasó ayer y no he notado mucha diferencia. Los episodios que anteriormente viví y los que hoy sigo viviendo, están marcados por un mismo sentimiento. El simple placer de volver a hacerlo una y otra vez, el sudor, el éxtasis… no se contradice del todo con la impresión del niño al que alguien le enseñó una nueva forma de jugar.

Desearía volver a tener cinco años y volver a mi pueblo verde y azul. Desearía que fuera de noche y regresar al árbol adornado con luces de neón. Ese lugar donde quedó atrapada aquella última chispa de mi inocencia.

Hasta el día de hoy, ahí solo hay estigmas imposibles de borrar, estigmas que a pesar de todo, no quiero olvidar.

El mundo partido en dos

Alguien ha partido el mundo. No sabemos quién ni cuándo, nadie lo vio. Es un abismo hondo, lo veo desde lo alto de mi casa y parece que no tiene fondo. De ahí surge un río caliente; la delgada línea que se mueve -supongo es su corriente- emana luz rojiza desde su profundidad. Puede que tardes mucho tiempo en llegar al mar herviente si por razón alguna llegas a lanzarte.
Al principio nos asustamos, pero nos hemos acostumbrado despacio a vivir así.

Dejamos al tiempo correr, sin imaginarnos lo que pasaría. Por la mañana al despertar, nos dimos cuenta de nuestro espacio inalcanzable, fue entonces que nos resultó imposible de atravesar.

El abismo del que hablo está en medio tuyo y mío. Cruza la calle, separa nuestros hogares, no podemos siquiera acercarnos por temor a caer.

Aunque no pueda hablarte, tu confianza lejana me deja pensar en ti, y en mis pensamientos decir tu nombre aunque no sepa en realidad cuál es. Sin palabras, desnudos, intentando por lo menos comprender la naturaleza del caos, nos conformarnos con estar ahí y decirnos en silencio que desde lejos intentaremos protegernos.
Alguien ha partido el mundo en dos. No sabemos quién ni cuándo. Nadie lo vio. Llego a pensar, quizá nosotros mismos hemos clavado la cuchilla, la estocada final que causó la llaga podrida, sin esperanzas de sanar. Almas heridas, uno de tantas, tantas de miles.
En el sitio en el que te encuentras, también ves lava fluir. Entonces el río enfurece, la corriente se torna más salvaje, lleva tumbos de ansiedad.  Me imagino allá a tu lado. Cómo serían las cosas si el mundo no estuviera separado. Si nosotros estuviéramos juntos, para así perpetuarnos más allá de la mirada.

Amanece y permanecemos quietos, enervados por la droga invisible, del deseo de la noche, el brillo tenue de otros soles, los otros ojos, los de Dios.

Después de unas horas, volvemos a prestar atención ahí abajo. La enormidad nos sigue separando. No podemos hacer nada, tan sólo vigilar el gran vacío con incredulidad.

Sin embargo, nunca te he sentido lejos.

Como todas las noches me pongo a pensar. ¿Por qué a pesar de que el planeta está golpeado, todavía sigue girando? ¿Todavía existe algo que le impida desmoronarse? ¿Por qué alguno de los dos no ha tenido el valor de cruzarlo?  Yo aquí y tú allá. Siento que puedo intentarlo, puedo saltar. Si caigo al umbral infinito ¿Qué es lo que harás? ¿En medio de este desastre, aún podremos escapar?
Hay veces en que siento que somos inmensos, y otras como realmente somos: tan sólo dos átomos en el universo.

Carta a mi yo del pasado

Sé que te preguntas muchas cosas. Te aclaro que físicamente las cosas no han cambiado mucho, aún no hay coches voladores ni nada de lo que has visto en películas, eso sí, las películas de tu época son mucho mejores que las de ahora. Han habido cosas fabulosas, cosas que no te imaginas que aparecerán pronto, y con las que te la pasarás de maravilla. No es necesario que grabes y grabes películas en VHS, pronto desaparecerán.
Cuando seas grande, irás a un lugar donde al principio no querrás llegar, pero después créeme, desearás volver una y otra vez. Ahí conocerás mucha gente, que te marcará para toda la vida. Hoy te sientes muy solo, pero poco a poco irán apareciendo tus verdaderos amigos, aquellos que tanto has deseado tener. Cuídalos, es probable que les falles y que incluso pierdas a alguno, debes de saber el momento de pedir perdón cuando sea necesario.
No tendrás novia, nunca, al menos hasta el momento. Lo sé, estás asustado, incluso avergonzado, pero se te pasará. Eso no quiere decir que no conozcas el amor. Todo lo contrario. Conocerás su rostro de muchas maneras, te enamorarás más de una vez (la última fue hace poco y estabas dispuesto a dar el gran paso). Serás felíz con personas que también te querrán, que también te entenderán, con la que harás el amor en noches de lluvia, bajo las estrellas, en la oscuridad de la noche, cuando todo lo que te sofoca se ha ido. También llorarás, no siempre terminas de conocer a las personas, pero es parte de esto. Vendrá alguien, y pasará algo que cambiará tu vida, será difícil, pero nos ayudará a ver cosas que antes no veíamos, nos enseñará una gran lección, mantente atento cuando llegue, y por favor, si acaso tú puedes, quédate junto a él el tiempo que sea necesario.
Sé que te fascinan los animales, en especial los perros, gatos y pollos. Te adelanto que tu cariño hacia ellos seguirá, seguirás amando a los animales, amarás a la naturaleza, la tierra, incluso amarás lo que está más allá de la tierra y la galaxia. Te preocuparás y soñarás con ellos. Te puedo decir que lo estás haciendo bien, las cosas quizá no sean lo que te imaginas hoy, pero créeme que todo ha valido la pena. Te las verás un poco difíciles, pues muchos no estarán de acuerdo en tus decisiones, pero te las ingeniarás para tenerlos contentos y hacer lo que te gusta al mismo tiempo.

Por último quisiera pedirte que luches y que no te desanimes. Te repito, todo va a ser para bien. Sigue cantando, sigue imaginando que eres un superhéroe, sigue jugando en la lluvia, sigue leyendo tus cómics, sigue dibujando, sigue escribiendo, sigue soñando, sigue creyendo, eso nos ayudará a no perder el corazón a pesar de que muchas personas en mi época ya no lo tienen, y también con ello lograremos que otros sueñen al lado de nosotros. Quizá incluso esta carta también ya la hayas leído en la profundidad de un hermoso sueño.

Nos veremos en algunos años.

P.D. Mamá y papá están bien, incluso abue está bien!
Te quiero.