Cheiropteron

 

I

Si quieres no cagarla tanto en el amor (y en la vida), aprende a distinguir el sabor de los besos. De verdad, te sacan de muchos apuros y aprietos. Aprende a distinguir de qué están hechos. No hablo de distinguir si saben a menta o a un taco al pastor, o a mota o a Marlboro. Hablo de su mecanismo, de su lugar de origen.

Una de las pocas cosas que puedo presumir de mí, es que soy muy bueno en eso: soy excelente besador. Lo descubrí a ciegas, sin querer, y lo confirmé dos minutos después. Es increíble pensar que lo descubrí también mintiendo. Es un secreto a voces que muchos lo practican entre amigos, o en algún juego de secu o hasta de primaria. Pero realmente nunca había besado ni de broma a nadie. Estaba tirado en la cama junto a él. Tenía una bomba que se iba a salir desde mi pecho. No estaba preocupado por el cómo llegué hasta ahí, ni el por qué. Estaba realmente preocupado porque con toda seguridad faltaba muy poco para que llegara la hora del beso, y yo no sabía cómo besar. Inventé para prevenir mi posible falta que era muy malo besando a las chicas. Tonterías. No había besado antes a nadie. Ni a ninguna chica ni a ningún chico. ¡A nadie!

Alguien podría decir “es estúpido, sólo se besa y ya”.  Este es precisamente el error más grande que se puede cometer al comenzar oficialmente tu vida sentimental. Posteriormente ése sofisticado sentido de probar la esencia de un beso se nos debilita, la esperanza de un futuro descubriendo las virtudes de otrora en cuestión puede más que una primera vez y ya de ahí sólo nos ocupamos en “besar y ya”. Pero hay algo de cierto en eso, sólo algo. Y es que para poder hacerlo no tienes que pensarle tanto, sólo estar seguro, saber que es el momento, cerrar bien los ojos, soltarte de todo el mundo y olvidarte del exterior. Tienes que olvidar quién eres, y comenzar a preguntarte más bien qué eres ahora y por quién estás ahí, sumergido en esa complicidad.

Lo sé y no me defenderé si te dicen ahorita que soy como el diablo. Pero créeme que en aquella época yo era muy puro de corazón. Casi un niño. Eso me facilitó mucho la transición, porque cuando eres puro de corazón puedes amar sin más, y te ahorras las técnicas de concentración que te acabo de mencionar. Fue así que me lancé decidido al campo de batalla, con una delicadeza sutil pero firme y constante, comencé a desenterrar secretos en aquellas arenas. Me sentía como un dragón; sentí que derretía témpanos de hielo. Que el más preciado de los diamantes se encontraba congelado mucho más adentro y aguardaba mi llegada, para raptarlo, llenarlo de calor y guardarlo para siempre como si se tratase de un importante regalo. Él lo sintió. Estaba extasiado por esa energía. Pasa un momento como de diálogo invisible, y el código secreto anunciaba que le tocaba a él. Quería ahora demostrarme su poder. Me puso boca arriba y lo último que vi, fueron sus ojos en blanco, antes que yo cerrara los míos para no tener que volver a verlos. Y sacó de su boca una lengua tan grande que parecía que una ola golpeaba las costas de mi apacible mar. Tosco, sin gentileza ni cuidado. Supe que yo en los poquísimos minutos de preparación había entendido mejor cuál era el sentido de la naturaleza de los besos y me había llevado el premio a la entrega. Y había guardado para la posteridad ese ritual mío de energía y poder, pero también de aprecio, y en las temperaturas de lo que dicta el corazón, también de amor o cariño.

Pero estaba yo tan extasiado y alucinado que no me importaron esos pequeños detalles. Ni me di cuenta cuando le crecieron esos colmillos, ni cuando me los clavó sin piedad en mi pobre cuello…

Me desmayé del dolor, queriendo gritar y sin poder llorar por la conmoción. Pero fue en vano: desperté ya muerto. Un fuerte dolor me agobiaba y ahí seguían esos dos orificios profundos, secos de todo rastro de sangre. Aún los tengo. Como que no pueden cicatrizar, pero tampoco están frescos. No estaba asustado, de hecho no tenía intenciones de reclamarle, ni salir corriendo. Cuando desperté sólo lo miré, con una cara, eso sí, de resentimiento, mas no de rencor. Antes pude ver a través de ese beso su pasado. Sin que me lo dijera, vi mientras me besaba, un pequeño puñado de incautos que habrían llegado antes que yo. A todos los mató. Pero yo era algo nuevo; ninguno de ellos llego tan lejos, al preciado diamante, yo fui el primero que llegó hasta ahí y habría conseguido hacerlo mío.

Ni siquiera dio una explicación de por qué lo había hecho. ¡Ni siquiera se disculpó! Aunque no importaba tanto, porque para aquél entonces yo solamente quería seguir besándolo. Sí, yo aún era un inocente niño. Me enamoré de él en tan poco tiempo y me pude haber enamorado también de cualquiera que me hubiese querido ligar. Pero le tocó a él. Y nos besamos por horas. Y el plasma frío de la muerte en mis venas de repente aumentaba hasta hervir. Justo en ese momento aprendí algo y lo más importante de mi nueva condición: puedo volver a vivir, quizá breve, si mi cuerpo arde en deseo y pasión.

Después de eso, nos seguimos viendo. El verle se volvió una obsesión y el besarlo aún más. Me bastaba sólo el sabor de su boca. Era el nuevo sabor de una fruta dulce, como miel en el agua o canela en una taza de café. Me acostumbré a esa lengua, creo que hasta ahora no me he topado con otra igual, con esa lubricación, esa humedad, ése oleaje que se fue volviendo sereno,  retenido hasta que lo nuestro tuvo que acabar. Pero faltaba mucho para que eso ocurriera. Aunque bueno, para la edad que él tenía, ese mucho debió ser un soplido de viento.

Decirle a mi familia que era un vampiro podía esperar. Por aquél entonces acababa de mudarme a estudiar a Chilpancingo, compartía con mi hermana un pequeño cuarto situado en la avenida Álvarez. Para mi fortuna ella estudiaba y trabajaba hasta bien noche. Jamás notó que dejé de ir a la escuela por las mañanas, tampoco se percató de mi sueño profundo por las tardes para despertar como a eso de las seis y media o siete de la noche, cuando del sol solo quedaban sus rayos de luz.

Los rayos del sol no pueden matarnos, de hecho tampoco el sol. Pero yo era un vampiro recién convertido, y los vampiros jóvenes comenzamos siendo sensibles a algunas de las creencias que se pregonan. Cuando la circunferencia del sol estaba oculta, podía salir sin problemas, aunque el claro de luz aún estuviera iluminando la ciudad. Con el tiempo mi cuerpo se volvió más fuerte y el sol dejó de ser un problema.

Aunque él aparentemente era ya inmune al sol, prefería que nuestros encuentros fueran siempre de noche. Ahí, aparte de complacerme con esos besos que me llevaron a la muerte, me convidaba de lo que tenía para comer. Acostumbraba llevar al cuarto a sus amantes para desangrarlos, pero estábamos en el 2003 y alimentarse de la sangre de otros no era una actividad que se pudiera hacer con facilidad como en siglos pasados. Había que racionalizar el alimento para no tener que matar a media ciudad.

Los secuestraba por días. Algo que yo aún no sabía ejercía fuerza en ellos. Algo que los dejaba en un  estado catatónico, perdidos tal vez, en su propio limbo de éxtasis. Sin decir nada ni emitir un solo grito, parecían deshacerse como una hojarazca seca o un pedazo de papel. Hasta que al fin perecían, y su mirada perpetua era la de una fotografía de orgasmo que no pudo acabar. Era el momento de esconder los cuerpos, o simplemente buscar otro lugar donde rentar.

Sí, también podíamos chupar sangre de animales. Pero no era lo mismo. La sangre humana era más exquisita y dulce en comparación con la de un caballo o una vaca.

Al principio me rehusé a probar a un humano. Pero terminé haciéndolo. Pasó bastante para darme cuenta que la sangre de un ser humano no era necesaria para sobrevivir. Pero él era todo para mí, y le seguí creyendo. Era un mentiroso. Me mentía muchas veces, lo hizo también cada vez que abandonábamos un lugar con el pretexto de huir para que nadie nos descubriera. Quiero decirles que nunca, pero nunca, alguien descubrirá a un vampiro. Ningún ser humano que se haya conocido ha matado a uno, y nadie ha registrado la identidad de alguno. Esto es muy simple. Los de nuestra raza no tenemos lo que todo mundo llama alma. Al menos no de la forma conocida. Cuando un vampiro es convertido, otra clase de vida nace. Es una vida distinta. Apagada. La luz de alma se apaga. La bengala. Hay otros que lo han llamado fulgor. Pero todo apunta a que en el interior de nosotros existe una llamarada que hace que nuestra existencia impresione los sentidos de los demás. Cuando esa vida primaria termina, que todos entienden como la muerte, ese fuego se apaga. Queda sólo una mancha negra. El fuego se va. Sale del cuerpo y busca su nueva trayectoria. Puede desprenderse, se queda cuando lo desea entre el fulgor de lo que más ama, o se funde por todas partes del lugar que vivió para hacer vida nueva. O se va más allá de lo visible.  Por desgracia en nosotros la bengala no parte a ningún lado. Sólo se apaga, como colilla de cigarro. Despidiendo humo de lo que fue nuestra vida pasada.

Es por esa misma razón que nadie volvió a saber de mí. Cuando te encuentras frente a frente con alguien sin alma, no ves más allá de una cara abstracta, una facción donde no ves lo que tú guardas y una mirada vacía que no brilla. Mi rostro llegó a ser como todas las insignificancias, un aire de olvido, una ventana hacia la nada. Hasta que descubrí que las luces del alma no pueden estar apagadas por siempre.

Me percaté de que el fulgor volvía encenderse cuando me gané su confianza; sucedió que un día cualquiera, él comenzó a confesarme más secretos de su lejano pasado, y del origen de los nuestros.

Sí, les prometí a ellos contárselos esta noche y lo cumpliré. Pero les advertí: la historia es muy antigua y larga…

¿Ya estarán todos aquí?

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