Zetiuz

I

Esta historia comenzó a mediados de 1986. Fue en el verano de aquellos tiempos cuando Rei, un niño de ocho años alzó la mirada al cielo y vio una gaviota volar mientras avanzaba en el viejo autobús junto a Astro, su padre.

El ave volaba a la misma distancia que avanzaban entre carreteras y prados llenos de soledad. Rei anheló también surcar los aires. Quiso extender sus manos y esperar a que una fuerza extraña lo levantara. Mientras las ruedas estaban en marcha, cerraba los ojos y descubría nuevos caminos.

Estaba el planeta, como muchos otros, hundido en absurdas y estúpidas guerras sin fin. Quedaron rincones escondidos lejos de toda catástrofe, atravesando montañas, valles enverdecidos, ríos de aguas cristalinas, pasando por prados llenos de soledad.

Pero no fue en el año que todos recuerdan.

Este 1986 y este mundo eran muy distintos…

La gaviota no habría sido lo único que Rei observó en los cielos. También estaba el cometa, y los demás puntos brillantes que aparecían al caer la tarde y su color tupido en rosas morados y la ausencia de luces de ciudad. Se acabaron. Y también con las luces se fueron también la mitad de los vehículos de metal. De esas chatarras sólo quedaron algunas cuantas, los demás terminaron en pedazos metálicos regados por doquier, apilados en un desierto de arena y escombros de casas abandonadas, improvisados como techo y pared de los escasos hogares; y casi ninguno estaba habitado. Quedaban pocas vías, no bastaron para trazar el nuevo atlas; los humanos perdieron los deseos de encontrarse, descubrir lo que le rodeaba, sobrevivían en el exilio sin saber cuán solos estaban. En casi todos los sitios abundaban respiros aislados. ¿Dónde están los demás? Ya pasó tanto desde aquél día. Muchos recuerdos se han borrado, otros permanecen intactos, como queriendo esperar el regreso de una época que jamás volverá. El canto silvestre de algunos animales, el soplar del viento, el arrullo de riachuelos es la sinfonía natural del presente. Donde queda vida, gobiernan apenas unos cuantos pinos erguidos, muy pocos pero imponentes, árboles frondosos cargados de frutos, brisas de esas que acarician la piel, lluvias suaves suficientes para seguir regando los campos, saciar la sed, correr cuesta abajo y desaparecer.

Rei y su padre vivían en ese autobús viejísimo que avanzaba sin rumbo determinado; unas celdas solares alimentaban día con día el paso de las ruedas,  continuando la travesía diaria hacia algún sitio del que nadie sabría. Lo importante era alejarse de aquello que fue. Lo importante era borrar los rastros de aquellas pesadillas. ¿Cuáles? La devastación, la imagen vaga de fuego, de nubes de explosiones, del fin de la civilización. El gran confinamiento. Nadie recuerda cómo empezó, lo cierto es que una vez iniciado, ya no pudo parar.

De aquella época de prosperidad quedaban las carreteras, esos gusanos de asfalto. Parecían interminables… Simples e infinitas líneas. Nadie las había podido transitar anteriormente, pero ahí esperaban.

Astro le contaba a Rei esa historia de cómo fue cambiando la vida de los habitantes de la tierra. La tierra sangró por causa de las guerras, pero con el pasar de los días y las noches pudo renacer de nuevo, y los hijos de los hijos de ésa antigua historia descubrieron un nuevo mundo de recuerdos de ayer, de vestigios como aquellas viejas carreteras que de forma inexplicable ahí seguían. Seguían ahí esas venas de concreto. Servían de conexión para todo aquél que quisiera buscar el centro del todo. Surgió un mito acerca de ellas. Se decía que todas conducían hacia un mismo punto donde  se encontraban viejos secretos de la era anterior; solamente bastaba con seguir la línea, no desistir, y a su debido tiempo, los caminos se acabarían, y así se llegaría al legendario Zetiuz.

Era la primera vez que Rei veía un cometa, aunque su  padre le habló antes sobre este tipo de cuerpos celestes, que sorprendían por su rareza y misterio. Estaba dibujado entre las páginas de un libro antiguo que Astro conservaba. Pasaba por la tierra cada 76 años. Le llamaban El cometa Halley.

Desde otro punto lejano, otro niño de nombre Nimra pudo apreciar también el fenómeno en todo su esplendor; no hubo luz que lo opacara, pues, como se ha dicho, todas las grandes luces artificiales se habían extinguido. Por la noche, el firmamento brillaba, y de entre todas las estrellas, estaba esa estrella en especial que parecía que iba a caerse a gran velocidad. Pero sólo era la cola del cometa. Gracias a la aparición del cometa Halley, Rei y Nimra se conocieron. Al verlo no había duda de que era de las cosas que estaba dibujada en el libro y de las que hablaba Astro, de ésas cosas que según auguraban catástrofes o tragedias. Habría que preocuparse si alguna de esas luces rondaba los cielos, porque seguramente no anunciaba nada bueno. Era casi verdad que fue el mismo que vio nacer al hombre, y el mismo que atestiguó el esplendor y caída de la civilización. El viejo mundo y el nuevo fueron dos de tantos escenarios que había visto pasar en silencio. Regresaba ahora de su travesía y se encontraba con un paisaje que no se parecía al de hace 76 veranos.

A Nimra y a Rei les contaron muchos cuentos, historias de cómo era el mundo de antes; supieron que existían reinos y casas resplandecientes y de muchos colores, que había un mar azul que lo cubría casi todo. Les hablaron de guerreros que salvaban pueblos enteros, y de naves que volaban tan alto como las aves. Era el mismo mundo en el que ellos estaban. Un mundo donde los fuegos se habían apagado, donde ya no había más virus mortales. Donde el ser humano parecía haber aprendido la lección y decidió reconciliarse con su hogar. Pero el precio por tanta contaminación y tambores de guerra había sido demasiado caro. El espacio se había hecho inmenso para tan pocos, y aún era demasiado pronto para un suelo tan golpeado.

Eran unos cuantos en la inmensidad de aquella faz. Restaba en lo más próximo hacer lo justo, vagar entre desiertos,  a marcha de ruedas, o bien, asentarse definitivamente y esperar.

La gaviota emparejaba su paso  y su altura a la par del autobús de Astro y Rei. Desde la ventana, el niño seguía su vuelo hipnótico que lo hizo adormecerse hasta que consiguió dormir. Entonces soñó que el autobús también se levantaba. Más y más hasta  que tocó el vapor de las nubes nocturnas, siguiendo un trayecto hacía algún otro lado, muy arriba, dejando atrás las carreteras mientras sentía en su interior una ansiedad de seguir más adelante y más arriba, como si fuera aquél cometa. Como si alguien más estuviera esperándolo para verlo pasar.

 

II

Nunca se supo la razón, pero esa primera noche que apareció el cometa, Rei tuvo un sueño… soñó que Halley era muy pequeño. Tan pequeño que cabía en su mano.

Los cometas son vigilantes de la noche eterna. No son simples rocas de hielo y metales. Su curso no es producto de las coincidencias. Los cometas tienen una clase de vida aún inentendible incluso para los seres que han transmutado a escalas de sabiduría más allá de nuestras conciencias y a planos de espacio más allá de todas las fronteras conocidas. Tienen también cierto lenguaje  no entendido.  Esa clase de vida omnipotente y misteriosa también la tienen las estrellas. Pero el lenguaje de las estrellas es todavía más extraño y difícil.

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