Atlzatziliztle

La camioneta Chilapa-Acatlán llegó a su destino más o menos en punto de la 2 de la tarde. Acudimos José Luis Correa y yo a la invitación de Luis Sixto para realizar una intervención pictórica en Acatlán, donde más compañeros ya habían arribado. El vehículo se estaciona a pocos metros del zócalo, donde se está celebrando una fiesta de XV años. La comisaría está abierta, las paredes y techo están cubiertas de pinturas de más o menos hace cinco años, pero que parecen nuevas. Así se encuentran más piezas, regadas por el pueblo, huellas de otros que dejaron algo de su arte tiempo atrás y que no han sido borrados. La hospitalidad está en todos lados. Llegamos a nuestro lugar de trabajo y el que será nuestro lienzo. La familia León nos recibe en su hogar, el elegido para llenarlo de color junto con Mizer un mural que hable de fervor y resistencia. Mientras los otros compañeros están trabajando en sus respectivos espacios, Oliver León y sus papás nos introducen a lo que veremos en los próximos días.

El Atlzatziliztle es un ritual ancestral que se realiza cada mes de mayo en distintas partes de Guerrero, pero tiene como epicentro ceremonial a los pueblos circundantes de la zona, donde se encuentran lugares considerados sagrados, como Acatlán, Zitlala, La Esperanza u Oztotempan, en este lugar el jaguar es el amo y señor de la montaña. Aquí se realizan las peticiones de lluvias, se les ofrenda a nuestros primeros dioses y se le rinde culto a una cruz a la que se le viste con mandiles bordados y se le rodea de flores de cempasúchil, mientras arde el fuego sagrado y funde dos raíces de nuestros orígenes. Su representación se aleja de la visión cristiana; la Santa Cruz para las comunidades nahuas se convierte entonces en un símbolo de la tierra.

En ese sentido, a la cruz se le asigna la encomienda de regir desde lo alto el clima, la germinación y el buen crecimiento de los cultivos. (José Luis Martínez, 2015)

El pozo de agua que se encuentra en la plaza principal, brilla al amanecer. Todos pueden beber y disponer de él. Conforme pasan los días el movimiento en la localidad aumenta, aparecen amigos y familia provenientes de otros lados y que regresan a casa. La ceremonia aún no empieza, pero se siente cada vez más cerca. Juegos mecánicos y futbolitos ya se han instalado. Han pasado ya dos días. Es primero de mayo y en punto de las cinco de la tarde, la plaza comienza a llenarse. Un grupo de tlacoloreros emerge de algún lugar e inicia en el atrio de la iglesia su tradicional danza.

Después de los tlacoloreros, hace aparición otra figura enigmática y solemne. El Cotlatastin es una semideidad que corre presuroso por todas las calles del pueblo y todas las cruces que se encuentran en él. En su andar llevan consigo la potestad de los cuatro puntos cardinales y de los cuatro elementos. Porque son ellos los encargados de empezar el recorrido de las cruces; porque son ellos los que tocarán el teponaxtli y guiarán el cauce de las aguas, y trazarán el camino de los vientos.

En el interior de la iglesia, rezos de veneración, líneas imaginarias por encima de la sana distancia, advierten que el atlzatziliztle y sus participantes no se encuentran en medio de una fiesta, y que en la intimidad de la ofrenda y en lo más profundo del fervor se debe de tener cuidado con no caer en el espectáculo ni en la impudicia.

Al salir del atrio, todos saben lo que viene. Multitudes de personas rodean a los tekuanes que están listos para implorar por lluvia a través de su cuerpo y su sangre. Se convertirán en nahuales. Hombres, niños y mujeres, son asistidos por un amarrador que les ajusta la máscara del jaguar, cuya estética alude visualmente a la figura de Tláloc. Una vez preparados, las plegarias son emitidas en un combate con guantes de boxeo o a puño limpio, directos todos hacia la cara del oponente. Los tlacoloreros son los encargados de que la turbia de gente no se amontone, a punta de chirrionazos trata de abrir, quizá sin mucho éxito, el espacio en que los guerreros se confrontan.

En esta arena no hay perdedores ni ganadores. No existe el odio hacia el contrincante. Todo es en nombre de una buena cosecha. “Una gota de sangre por una gota de lluvia.” Sólo una primera parte de las peleas tiene lugar en la plaza, la segunda será arriba, en la cima del Hueyetépetl, el cerro sagrado.

La penitencia indica que se tiene que subir a pie; es un trayecto que inicia muy de madrugada, de entre tres o cuatro horas de viaje, dependiendo la condición física de cada quién. La oscuridad deja ver, mirando hacia arriba entre los altos, una procesión de lámparas de los que se despertaron más temprano y se adelantaron a subir. A medida que se va subiendo nos encontramos con nichos donde podemos detenernos para adorar, ofrendar y pedir. Hemos dejado varias velas cuya cantidad irá aumentando a medida que asciendan los demás.

Montes, cerros, montañas,
manantiales, arroyos, lagunas, pozos  y ríos
con el humo del copal perfumado sahumaré,
con la luz de las velas iluminaré
sus rostros divinos observaré,
alimentos sagrados les ofreceré
y mis plegarias  elevaré.

Poema “ATZATZILIZTLI” (Fragmento) – Griss Romero

Los rayos del sol ya se dejan ver mucho antes de llegar a la cima. Acatlán se ve a lo lejos y también el camino recorrido. Y uno se da cuenta que ha llegado muy alto, por la vista y por el retumbar del viento que choca entre los cerros, y por el teponaxtli, dios de madera, que ya suena a lo lejos junto con el grito al unísono de los cotlatastin.

Una vez que se llega a la cima, la imagen del cruzco deja al quien lo visite por primera vez, sin aliento. Las cruces sagradas emergen a medida que se acerca; parecen doblarse de flores y ofrendas, de gallinas que van a sacrificarse ahí mismo para alimentar y reponer el cuerpo cansado de los asistentes. El calor es abrazador. La flama emerge como un gigante. Las velas que aún traemos, ya no se acomodan, las aventamos por montones para que las devore la lumbre. Se escuchan cantos, ahí entre los altares y un poco más a lo lejos, al pie de una laguna.

A pesar del carácter comunitario de esta gran procesión, las ceremonias no se conducen de manera centralizada. Cada familia hace sus propias ofrendas y eleva sus propias peticiones. (Jorge Pérez de Lara, 2012)

Mientras se espera la llegada de las danzas y los tekuanes, ya se está preparando el tomoxóchitl. La flor con la que se va sellar el compromiso de dos enamorados. El obsequio más grande que un hombre le puede dar a la mujer amada.

Antes de llegar ante las cruces, arreglare la rama seca, con las flores rojas, color de la vida, de la pasión, de la sangre liquido vital de todos nosotros… ya arreglada, caminare abriendo paso, entre las miradas de la gente, entre mis hermanos tecuanes,  cargando con orgullo los presentes antes las cruces, las adornare con flores, las iluminare con las velas, y mi ofrenda el gallo, como mi sacrificio, la rama con el tomoxochitl, la dejare al cuidado de cihuatl… pidiendole que me  bendiga y me cuide.

Jaime Eutimio Hernández

El prometido cumple también con la misión de ofrendar su sangre en el atlzalziliztle. Su vestimenta de tecuán la lleva consigo desde el momento que ofrenda en alguna de las cruces la rama con la codiciada flor de nopalillo. Más tecuanes se alistan para empezar de nuevo el rito. Los tlacoloreros nuevamente marcan el espacio donde se van a llevar a cabo los combates.

Neftalí Alarcón se presenta recurrentemente al llamado. Es guardián de su propia herencia cultural que se resiste a morir, la que reclama sudor y sangre para que florezca la vida. La que exige un régimen de entrenamiento físico, ofrendas, veladoras y ayunos.

Soy, soy grandeza por mis raíces, tierra de mis padres, lugar sagrado, lugar de fe, de historia.
Soy, soy el camino hacia la luz, la gloria de mis ancestros, recuerdo de mis abuelos, el viento entre mi rostro, rostro indígena, de surcos grandes, rasgos de mi tierra, de mi gente, gente campesina, de gustos simples De gran valor.
Soy, soy el correr del agua imparable, incomparable, que entre mis manos corre, cual polvo en el aire, en el campo, entre flores.
Soy, soy el rugir de Jaguar, el grito de mi gente, la palabra verdadera, de las voces entre el viento.

Vago Vaguito

La intensidad de las peleas parece aumentar en comparación de las que se dieron abajo, los golpes suenan más fuertes. Quizá por la euforia de haber cumplido la manda, de haber llegado al final. Las actividades no terminan hoy. Mañana se emprende el camino al komulian. En mi interior jamás tuve un sentimiento místico tan profundo, jamás me sentí tan invadido de eternidad.

Si existe un lugar para reencontrarse con nuestra existencia es aquí, en el cerro más alto. En medio de un campo de flores, velas ardientes y collares de cempasúchil. Tras un ideal que va repitiendo que la vida es un ciclo de fé, humildad, sacrificio y valentía.

Nuevo San Juan

A pocos kilómetros de Uruapan, feligreses emprenden camino para llegar a la Iglesia del Señor de los Milagros, una de las principales atracciones del municipio de Nuevo San Juan, Parangaricutiro. La comunidad fue fundada después del éxodo provocado por la erupción del volcán Paricutín en 1943. En el patio podemos ver una modesta maqueta, donde por 5 pesos, uno la puede activar para contarnos su historia, a través de una grabación radiofónica. En el interior se encuentran plasmados pasajes de este hecho, en forma de cuatro murales realizados por el sacerdote y también pintor Mario Amezcua Barrera. Diariamente, El Señor de los Milagros recibe a decenas de creyentes que vienen a cumplir alguna manda, o a pedir que interceda por ellos. Algunos entran en el recinto al son de una danza imaginaria, a modo de saludo y veneración.

Durante el día, alrededor de los jardines del zócalo de la ciudad, podemos encontrar negocios de artesanías y degustaciones, así como restaurantes donde podemos disfrutar de las «corundas» y las «chavindecas», dos platillos típicos de la región.

Nuevo San Juan es la opción más cercana para visitar el volcán Paricutín. El camino para llegar hasta el gigante no es largo, pero requiere de vehículos que puedan soportar un largo sendero rocoso que se va acentuar cada vez que se acerca al centro de lo que fue el antiguo San Juan, pero también se podrán apreciar nichos con nombres de santos, los cuales representan todas las estaciones en las cuales la comunidad purépecha se asentó mientras escapaba de la furia del volcán, para finalmente llegar a la antigua Hacienda de los Conejos, donde erigieron su nuevo hogar. El volcán se deja ver majestuoso mucho antes de llegar a un paisaje de tierra oscura y piedras volcánicas que nos reciben. Finalmente, llegamos a las ruinas de la antigua iglesia, únicos testigos de la catástrofe que permanecen en pie.

Durante el anochecer, el bullicio de los coches comienza a calmarse, el pueblo duerme, la temperatura se torna refrescante.

Pentax K50 + DA 10-17mm F3.5-4.5 FISHEYE, DAL 18-55mm f3.5-5.6 y Pentax-M 75-150mm f4

 

Zetiuz

I

Esta historia comenzó a mediados de 1986. Fue en el verano de aquellos tiempos cuando Rei, un niño de ocho años alzó la mirada al cielo y vio una gaviota volar mientras avanzaba en el viejo autobús junto a Astro, su padre.

El ave volaba a la misma distancia que avanzaban entre carreteras y prados llenos de soledad. Rei anheló también surcar los aires. Quiso extender sus manos y esperar a que una fuerza extraña lo levantara. Mientras las ruedas estaban en marcha, cerraba los ojos y descubría nuevos caminos.

Estaba el planeta, como muchos otros, hundido en absurdas y estúpidas guerras sin fin. Quedaron rincones escondidos lejos de toda catástrofe, atravesando montañas, valles enverdecidos, ríos de aguas cristalinas, pasando por prados llenos de soledad.

Pero no fue en el año que todos recuerdan.

Este 1986 y este mundo eran muy distintos…

La gaviota no habría sido lo único que Rei observó en los cielos. También estaba el cometa, y los demás puntos brillantes que aparecían al caer la tarde y su color tupido en rosas morados y la ausencia de luces de ciudad. Se acabaron. Y también con las luces se fueron también la mitad de los vehículos de metal. De esas chatarras sólo quedaron algunas cuantas, los demás terminaron en pedazos metálicos regados por doquier, apilados en un desierto de arena y escombros de casas abandonadas, improvisados como techo y pared de los escasos hogares; y casi ninguno estaba habitado. Quedaban pocas vías, no bastaron para trazar el nuevo atlas; los humanos perdieron los deseos de encontrarse, descubrir lo que le rodeaba, sobrevivían en el exilio sin saber cuán solos estaban. En casi todos los sitios abundaban respiros aislados. ¿Dónde están los demás? Ya pasó tanto desde aquél día. Muchos recuerdos se han borrado, otros permanecen intactos, como queriendo esperar el regreso de una época que jamás volverá. El canto silvestre de algunos animales, el soplar del viento, el arrullo de riachuelos es la sinfonía natural del presente. Donde queda vida, gobiernan apenas unos cuantos pinos erguidos, muy pocos pero imponentes, árboles frondosos cargados de frutos, brisas de esas que acarician la piel, lluvias suaves suficientes para seguir regando los campos, saciar la sed, correr cuesta abajo y desaparecer.

Rei y su padre vivían en ese autobús viejísimo que avanzaba sin rumbo determinado; unas celdas solares alimentaban día con día el paso de las ruedas,  continuando la travesía diaria hacia algún sitio del que nadie sabría. Lo importante era alejarse de aquello que fue. Lo importante era borrar los rastros de aquellas pesadillas. ¿Cuáles? La devastación, la imagen vaga de fuego, de nubes de explosiones, del fin de la civilización. El gran confinamiento. Nadie recuerda cómo empezó, lo cierto es que una vez iniciado, ya no pudo parar.

De aquella época de prosperidad quedaban las carreteras, esos gusanos de asfalto. Parecían interminables… Simples e infinitas líneas. Nadie las había podido transitar anteriormente, pero ahí esperaban.

Astro le contaba a Rei esa historia de cómo fue cambiando la vida de los habitantes de la tierra. La tierra sangró por causa de las guerras, pero con el pasar de los días y las noches pudo renacer de nuevo, y los hijos de los hijos de ésa antigua historia descubrieron un nuevo mundo de recuerdos de ayer, de vestigios como aquellas viejas carreteras que de forma inexplicable ahí seguían. Seguían ahí esas venas de concreto. Servían de conexión para todo aquél que quisiera buscar el centro del todo. Surgió un mito acerca de ellas. Se decía que todas conducían hacia un mismo punto donde  se encontraban viejos secretos de la era anterior; solamente bastaba con seguir la línea, no desistir, y a su debido tiempo, los caminos se acabarían, y así se llegaría al legendario Zetiuz.

Era la primera vez que Rei veía un cometa, aunque su  padre le habló antes sobre este tipo de cuerpos celestes, que sorprendían por su rareza y misterio. Estaba dibujado entre las páginas de un libro antiguo que Astro conservaba. Pasaba por la tierra cada 76 años. Le llamaban El cometa Halley.

Desde otro punto lejano, otro niño de nombre Nimra pudo apreciar también el fenómeno en todo su esplendor; no hubo luz que lo opacara, pues, como se ha dicho, todas las grandes luces artificiales se habían extinguido. Por la noche, el firmamento brillaba, y de entre todas las estrellas, estaba esa estrella en especial que parecía que iba a caerse a gran velocidad. Pero sólo era la cola del cometa. Gracias a la aparición del cometa Halley, Rei y Nimra se conocieron. Al verlo no había duda de que era de las cosas que estaba dibujada en el libro y de las que hablaba Astro, de ésas cosas que según auguraban catástrofes o tragedias. Habría que preocuparse si alguna de esas luces rondaba los cielos, porque seguramente no anunciaba nada bueno. Era casi verdad que fue el mismo que vio nacer al hombre, y el mismo que atestiguó el esplendor y caída de la civilización. El viejo mundo y el nuevo fueron dos de tantos escenarios que había visto pasar en silencio. Regresaba ahora de su travesía y se encontraba con un paisaje que no se parecía al de hace 76 veranos.

A Nimra y a Rei les contaron muchos cuentos, historias de cómo era el mundo de antes; supieron que existían reinos y casas resplandecientes y de muchos colores, que había un mar azul que lo cubría casi todo. Les hablaron de guerreros que salvaban pueblos enteros, y de naves que volaban tan alto como las aves. Era el mismo mundo en el que ellos estaban. Un mundo donde los fuegos se habían apagado, donde ya no había más virus mortales. Donde el ser humano parecía haber aprendido la lección y decidió reconciliarse con su hogar. Pero el precio por tanta contaminación y tambores de guerra había sido demasiado caro. El espacio se había hecho inmenso para tan pocos, y aún era demasiado pronto para un suelo tan golpeado.

Eran unos cuantos en la inmensidad de aquella faz. Restaba en lo más próximo hacer lo justo, vagar entre desiertos,  a marcha de ruedas, o bien, asentarse definitivamente y esperar.

La gaviota emparejaba su paso  y su altura a la par del autobús de Astro y Rei. Desde la ventana, el niño seguía su vuelo hipnótico que lo hizo adormecerse hasta que consiguió dormir. Entonces soñó que el autobús también se levantaba. Más y más hasta  que tocó el vapor de las nubes nocturnas, siguiendo un trayecto hacía algún otro lado, muy arriba, dejando atrás las carreteras mientras sentía en su interior una ansiedad de seguir más adelante y más arriba, como si fuera aquél cometa. Como si alguien más estuviera esperándolo para verlo pasar.

 

II

Nunca se supo la razón, pero esa primera noche que apareció el cometa, Rei tuvo un sueño… soñó que Halley era muy pequeño. Tan pequeño que cabía en su mano.

Los cometas son vigilantes de la noche eterna. No son simples rocas de hielo y metales. Su curso no es producto de las coincidencias. Los cometas tienen una clase de vida aún inentendible incluso para los seres que han transmutado a escalas de sabiduría más allá de nuestras conciencias y a planos de espacio más allá de todas las fronteras conocidas. Tienen también cierto lenguaje  no entendido.  Esa clase de vida omnipotente y misteriosa también la tienen las estrellas. Pero el lenguaje de las estrellas es todavía más extraño y difícil.

Esa noche de sueños, mientras el cometa pasaba justo por arriba de Nimra y de Rei, ambos soñaron lo mismo. El cometa era un objeto diminuto y brillante que se posaba sobre sus manos pequeñas. Era como si esa luz corriera a encontrarlos e ingeniosamente lanzarse hacia ellos para que pudiesen atraparlo. No había nada más que aquella luz. Flotaban en un espacio como celeste, entre nubes oscuras que se vislumbraban hacia todos los horizontes. Algo pasó que se unieron en un mismo sueño, entonces, la mano de Rei y la de Nimra estaban frente a frente.

Ambos quedaron sorprendidos de lo que había pasado. Sin embargo ¿qué podría pasar de malo si estaban soñando? Pero era tan real. Podían sentir el frío de las alturas de ahí donde estaban.

El encuentro no duró mucho. Apenas pudieron cruzar unas cuantas palabras.

¿Lo escuchas? – dijo uno de ellos.

El sonido era tenue, pero claro, parecido al de un reloj sofocado. Parecía provenir de mucho más allá de las nubes, lejos del alcance de las manos o los ojos.

El cuerpo de Rei comenzó a desvanecerse antes los ojos atónitos de Nimra, hasta que se evaporó por completo, huyendo de ese lugar de ensueño.

Rei despertó asustado – pues parecía que había vivido algo tan real y porque tal reloj aún persistía dentro de su cabeza – e inmediatamente llamó a su progenitor; Rei le narró lo que había soñado. Cuando llegó a la parte del extraño sonido, le preguntó qué era, de dónde provenía tal eco. Astro de principio no supo proporcionarle una respuesta certera, pero en poco rato le dio la más intrigante:

– Son las máquinas del universo…

Asombrado de tal revelación volvió a preguntar:

– ¿Cuándo se detiene?

– Nunca.

 

Las máquinas seguían golpeando.

 

– Sigo escuchándolas. Papá ¡sigo escuchando las máquinas!

– Pasará pronto. Solo mantén la calma.

 

Una figura emergió al fondo del vehículo. Cuando al fin estuvo cerca de ellos, la luz nocturna que se filtraba entre las ventanas iluminó el traje amarillo brillante de ése otro hombre, el cual se acercaba mirándolo fijamente. Su tez blanca como la misma luna parecía brillar del mismo modo, y su mirada expresiva, profunda, impregnó en el fondo de su ser, y un efecto tranquilizador le invadió, hasta que en un suspiro, el niño volvió a dormir.

 

 

 

III

¿Por qué había muy poca gente en este mundo? ¿Por qué era tan raro encontrarla? ¿Qué fue lo que pasó? Rei tenía muchas dudas y sin duda Astro se esforzaba para explicarle siempre de acuerdo a su razón, aunque aún era demasiado pequeño para comprender en el sentido más apropiado. Como lo que le dijo en la primera noche de Halley, cuando despertó abrupto y le contó lo ocurrido en el sueño. Esa vez papá también tuvo una respuesta. La más misteriosa de todas las que le habría dado. Es por tal razón, que Rei nunca dejó de preguntarse qué eran las máquinas del universo.

– Papá, ¿recuerdas lo que pasó cuando era niño? ¿Lo que dijiste acerca de las máquinas del universo?
– Sí. Lo recuerdo.
-Las sigo escuchando.
– ¿Qué dices?
– Las oigo. En verdad nunca se detuvieron. Desde esa vez, noche tras noche, puedo oír el eco de las máquinas. Pero ya no me asusta. Es diferente ahora. Hay algo ahí, entre ése ruido. Hay algo que hace que quiera ir hacia ellas.

Astro no demostraba asombro. Parecía que estaba esperando desde hace mucho que Rei se volviera a cuestionar sobre lo ocurrido. Esas pausas entre una oración y otra que salían de su boca implicaban que se estaba llegando la hora en que se lo diría.

 

– Nunca te pregunté cómo es que pueden funcionar.

– Esta noche te lo explicaré…

 

Y la noche cayó pronto.

 

IV

Me encontraba afuera del autobus. No podía conciliar el sueño y salí un rato. En la plena profundidad de la noche ahí estaba él. No sabría decirte cómo es que llegó. Simplemente apareció y lo vi ahí parado a escasos metros de donde estábamos estacionados. Vestía un extraño traje color dorado; sus ojos eran de un negro profundo y nunca vi un color de piel tan blanca como la de él.

– No te asustes – dijo mientras avanzaba en paso lento hacia mí – Me llamo Anerion… y tú….
– Astro. Mi nombre es Astro.
– Gracias por tu confianza. No vengo ni busco hacerte ningún daño.
– ¿De dónde vienes?

Anerion se limitó a alzar su mano y señalar el cielo.

– ¿Eres una de esa gente que logró salir de aquí antes del desastre?¿Antes de la última guerra?
– La guerra. Esa estúpida y tonta guerra.
– Se cuenta que hubo algunos que escaparon y huyeron allá arriba. Nunca pensé que fuera verdad.
– Es difícil de entender que los humanos sean desgracia y esperanza a la vez.
– ¿No eres humano?
– Sí. Pero no soy un humano de tu mundo.

Anerion se detuvo otra vez, alzó la cabeza mirando nuevamente el firmamento.
– Las estrellas…

– ¿Qué hay con las estrellas?

Con un gesto de seriedad me dijo que las estrellas estaban desapareciendo. Lo que nosotros veíamos no eran más que un puñado de puntos opacos en comparación de incontables fuentes de luz que deberían de estar arriba de nosotros.

– Se mueren, Astro. Y no podemos hacer nada al respecto. Todo comenzó tan rápido. Todo cambió. Alguien las está matando y está cambiando también todo como lo conocemos. Estamos en medio de una entropía. Me enviaron a la Tierra porque se supone que aquí encontraría al que tuviera el conocimiento y el poder para detener esa fuerza maligna. Pero esta Tierra no es la de siempre.

– ¿También ha cambiado?

– Desde que llegué sentí una energía pura que fluye en algún lugar de aquí, es la energía de un jinete de estrellas. Está escondida. La siento muy cerca.

Él clavó de nuevo su mirada en mí. Sin duda él tenía fe en que la persona que buscaba era yo. Pero yo ni siquiera sabía de lo que hablaba. De pronto, esa profundidad en sus ojos cambió para dar pie a una expresión de sorpresa. Había sentido algo más, y ése algo anunciaba otra cosa importante. Por un minuto calló, pero después exclamó un grito que parecía de alivio.

 – ¡Las máquinas del universo están volviendo a funcionar!…

– ¿Las máquinas del universo?

– Las escucho. ¡No han podido alterarlas!

– ¿Qué significan esas máquinas?

Resultaba muy difícil entender a Anerion porque en todo momento olvidó que yo no sabía nada sobre su origen ni de dónde había llegado, ni sobre el jinete de estrellas o sobre las máquinas del universo. Lo explicaba como si estuviera hablando con alguien igual a él. Esto fue lo que llegué a comprender:

 Las máquinas del universo se encuentran en el centro de donde todo se origina. En el corazón de donde fluye toda energía y materia. Son engranajes como los de los relojes, tan grandes como los mismos planetas, tan inmensos y necesarios que fueron creados para mantener el movimiento de lo existente.

Las máquinas del universo son las encargadas de que tiempo y espacio corran en equilibrio y sabia armonía.

 Se escuchan a lo lejos, si nos detenemos y nos hundimos en la quietud interior. Si nos concentramos y quitamos todo ruido ajeno, centramos nuestro corazón en dirección al firmamento a donde están ellas… podremos escucharlas… como un reloj hundido en el abismo…como los motores encerrados de la ciudad que nunca deja de arder y expulsar flamas…. como un casi infinito conjunto de calderas que expulsan con fuerza el gas luminoso que contendrá miles de galaxias.

Las máquinas del universo habían trabajado sin problemas hasta hace poco, cuando algo las intentó detener y provocó el caos en muchas partes. Pero fue algo momentáneo, pues a la hora del encuentro entre Anerion y yo, se reactivaron. Era la oportunidad para detener el desequilibrio de lo que él hablaba y especialmente para detener la entropía. Porque sin saber qué significaba, con ver su rostro al mencionarla, supe que la entropía era algo espantoso.