Atlzatziliztle

La camioneta Chilapa-Acatlán llegó a su destino más o menos en punto de la 2 de la tarde. Acudimos José Luis Correa y yo a la invitación de Luis Sixto para realizar una intervención pictórica en Acatlán, donde más compañeros ya habían arribado. El vehículo se estaciona a pocos metros del zócalo, donde se está celebrando una fiesta de XV años. La comisaría está abierta, las paredes y techo están cubiertas de pinturas de más o menos hace cinco años, pero que parecen nuevas. Así se encuentran más piezas, regadas por el pueblo, huellas de otros que dejaron algo de su arte tiempo atrás y que no han sido borrados. La hospitalidad está en todos lados. Llegamos a nuestro lugar de trabajo y el que será nuestro lienzo. La familia León nos recibe en su hogar, el elegido para llenarlo de color junto con Mizer un mural que hable de fervor y resistencia. Mientras los otros compañeros están trabajando en sus respectivos espacios, Oliver León y sus papás nos introducen a lo que veremos en los próximos días.

El Atlzatziliztle es un ritual ancestral que se realiza cada mes de mayo en distintas partes de Guerrero, pero tiene como epicentro ceremonial a los pueblos circundantes de la zona, donde se encuentran lugares considerados sagrados, como Acatlán, Zitlala, La Esperanza u Oztotempan, en este lugar el jaguar es el amo y señor de la montaña. Aquí se realizan las peticiones de lluvias, se les ofrenda a nuestros primeros dioses y se le rinde culto a una cruz a la que se le viste con mandiles bordados y se le rodea de flores de cempasúchil, mientras arde el fuego sagrado y funde dos raíces de nuestros orígenes. Su representación se aleja de la visión cristiana; la Santa Cruz para las comunidades nahuas se convierte entonces en un símbolo de la tierra.

En ese sentido, a la cruz se le asigna la encomienda de regir desde lo alto el clima, la germinación y el buen crecimiento de los cultivos. (José Luis Martínez, 2015)

El pozo de agua que se encuentra en la plaza principal, brilla al amanecer. Todos pueden beber y disponer de él. Conforme pasan los días el movimiento en la localidad aumenta, aparecen amigos y familia provenientes de otros lados y que regresan a casa. La ceremonia aún no empieza, pero se siente cada vez más cerca. Juegos mecánicos y futbolitos ya se han instalado. Han pasado ya dos días. Es primero de mayo y en punto de las cinco de la tarde, la plaza comienza a llenarse. Un grupo de tlacoloreros emerge de algún lugar e inicia en el atrio de la iglesia su tradicional danza.

Después de los tlacoloreros, hace aparición otra figura enigmática y solemne. El Cotlatastin es una semideidad que corre presuroso por todas las calles del pueblo y todas las cruces que se encuentran en él. En su andar llevan consigo la potestad de los cuatro puntos cardinales y de los cuatro elementos. Porque son ellos los encargados de empezar el recorrido de las cruces; porque son ellos los que tocarán el teponaxtli y guiarán el cauce de las aguas, y trazarán el camino de los vientos.

En el interior de la iglesia, rezos de veneración, líneas imaginarias por encima de la sana distancia, advierten que el atlzatziliztle y sus participantes no se encuentran en medio de una fiesta, y que en la intimidad de la ofrenda y en lo más profundo del fervor se debe de tener cuidado con no caer en el espectáculo ni en la impudicia.

Al salir del atrio, todos saben lo que viene. Multitudes de personas rodean a los tekuanes que están listos para implorar por lluvia a través de su cuerpo y su sangre. Se convertirán en nahuales. Hombres, niños y mujeres, son asistidos por un amarrador que les ajusta la máscara del jaguar, cuya estética alude visualmente a la figura de Tláloc. Una vez preparados, las plegarias son emitidas en un combate con guantes de boxeo o a puño limpio, directos todos hacia la cara del oponente. Los tlacoloreros son los encargados de que la turbia de gente no se amontone, a punta de chirrionazos trata de abrir, quizá sin mucho éxito, el espacio en que los guerreros se confrontan.

En esta arena no hay perdedores ni ganadores. No existe el odio hacia el contrincante. Todo es en nombre de una buena cosecha. “Una gota de sangre por una gota de lluvia.” Sólo una primera parte de las peleas tiene lugar en la plaza, la segunda será arriba, en la cima del Hueyetépetl, el cerro sagrado.

La penitencia indica que se tiene que subir a pie; es un trayecto que inicia muy de madrugada, de entre tres o cuatro horas de viaje, dependiendo la condición física de cada quién. La oscuridad deja ver, mirando hacia arriba entre los altos, una procesión de lámparas de los que se despertaron más temprano y se adelantaron a subir. A medida que se va subiendo nos encontramos con nichos donde podemos detenernos para adorar, ofrendar y pedir. Hemos dejado varias velas cuya cantidad irá aumentando a medida que asciendan los demás.

Montes, cerros, montañas,
manantiales, arroyos, lagunas, pozos  y ríos
con el humo del copal perfumado sahumaré,
con la luz de las velas iluminaré
sus rostros divinos observaré,
alimentos sagrados les ofreceré
y mis plegarias  elevaré.

Poema “ATZATZILIZTLI” (Fragmento) – Griss Romero

Los rayos del sol ya se dejan ver mucho antes de llegar a la cima. Acatlán se ve a lo lejos y también el camino recorrido. Y uno se da cuenta que ha llegado muy alto, por la vista y por el retumbar del viento que choca entre los cerros, y por el teponaxtli, dios de madera, que ya suena a lo lejos junto con el grito al unísono de los cotlatastin.

Una vez que se llega a la cima, la imagen del cruzco deja al quien lo visite por primera vez, sin aliento. Las cruces sagradas emergen a medida que se acerca; parecen doblarse de flores y ofrendas, de gallinas que van a sacrificarse ahí mismo para alimentar y reponer el cuerpo cansado de los asistentes. El calor es abrazador. La flama emerge como un gigante. Las velas que aún traemos, ya no se acomodan, las aventamos por montones para que las devore la lumbre. Se escuchan cantos, ahí entre los altares y un poco más a lo lejos, al pie de una laguna.

A pesar del carácter comunitario de esta gran procesión, las ceremonias no se conducen de manera centralizada. Cada familia hace sus propias ofrendas y eleva sus propias peticiones. (Jorge Pérez de Lara, 2012)

Mientras se espera la llegada de las danzas y los tekuanes, ya se está preparando el tomoxóchitl. La flor con la que se va sellar el compromiso de dos enamorados. El obsequio más grande que un hombre le puede dar a la mujer amada.

Antes de llegar ante las cruces, arreglare la rama seca, con las flores rojas, color de la vida, de la pasión, de la sangre liquido vital de todos nosotros… ya arreglada, caminare abriendo paso, entre las miradas de la gente, entre mis hermanos tecuanes,  cargando con orgullo los presentes antes las cruces, las adornare con flores, las iluminare con las velas, y mi ofrenda el gallo, como mi sacrificio, la rama con el tomoxochitl, la dejare al cuidado de cihuatl… pidiendole que me  bendiga y me cuide.

Jaime Eutimio Hernández

El prometido cumple también con la misión de ofrendar su sangre en el atlzalziliztle. Su vestimenta de tecuán la lleva consigo desde el momento que ofrenda en alguna de las cruces la rama con la codiciada flor de nopalillo. Más tecuanes se alistan para empezar de nuevo el rito. Los tlacoloreros nuevamente marcan el espacio donde se van a llevar a cabo los combates.

Neftalí Alarcón se presenta recurrentemente al llamado. Es guardián de su propia herencia cultural que se resiste a morir, la que reclama sudor y sangre para que florezca la vida. La que exige un régimen de entrenamiento físico, ofrendas, veladoras y ayunos.

Soy, soy grandeza por mis raíces, tierra de mis padres, lugar sagrado, lugar de fe, de historia.
Soy, soy el camino hacia la luz, la gloria de mis ancestros, recuerdo de mis abuelos, el viento entre mi rostro, rostro indígena, de surcos grandes, rasgos de mi tierra, de mi gente, gente campesina, de gustos simples De gran valor.
Soy, soy el correr del agua imparable, incomparable, que entre mis manos corre, cual polvo en el aire, en el campo, entre flores.
Soy, soy el rugir de Jaguar, el grito de mi gente, la palabra verdadera, de las voces entre el viento.

Vago Vaguito

La intensidad de las peleas parece aumentar en comparación de las que se dieron abajo, los golpes suenan más fuertes. Quizá por la euforia de haber cumplido la manda, de haber llegado al final. Las actividades no terminan hoy. Mañana se emprende el camino al komulian. En mi interior jamás tuve un sentimiento místico tan profundo, jamás me sentí tan invadido de eternidad.

Si existe un lugar para reencontrarse con nuestra existencia es aquí, en el cerro más alto. En medio de un campo de flores, velas ardientes y collares de cempasúchil. Tras un ideal que va repitiendo que la vida es un ciclo de fé, humildad, sacrificio y valentía.