A veces nos obsesionamos con la perfección y olvidamos que el camino —con todo y sus tachones— es lo que nos da identidad.


Somos el resultado de cada lección aprendida y de cada error que logramos transformar. No veamos el fallo como algo negativo; los borrones y esas líneas que no pudimos desaparecer son parte fundamental del proceso. Son solo una parada más en la búsqueda diaria por encontrar nuestra mejor versión.
El boceto tiene esa magia: te permite ver el camino recorrido sin que nada se pierda. Todo lo bueno y lo malo permanece ahí. Ese rayón que parecía fuera de lugar ahora construye atmósfera, envolviendo la figura como si fuera energía vital.
Lo primero que brota sobre la hoja en blanco —te guste o no— siempre será lo más honesto. Equivócate todas las veces que sea necesario. Si sientes que algo no encaja, intenta mejorarlo una y otra vez, pero deja que el error te guíe hacia lo que está por venir.