El Paraíso. Corazón de la sierra cafetalera de Atoyac

Atoyac de Álvarez. Hace diez años visité por primera vez la localidad de El Paraíso. Fue mi primer acercamiento – después de bastante tiempo – a la sierra de Guerrero. No sabía que a partir de ahí iniciaría un largo viaje a través de más zonas de esta región, pero sin duda, El Paraíso ocupa un lugar predilecto entre los lugares que más me gusta visitar. Quería escribir una breve reseña, pero ya existe una muy extensa y definitiva, autoría de Victor Cardona Galindo y que la pueden leer desde aquí.

Para llegar al Paraíso, el recorrido se puede hacer en cualquier tipo de vehículo, la carretera ofrece una vista que no deja indiferente a nadie. Circula por internet una primer fotografía de la localidad que data del año 1952, capturada por la cámara del maestro Salvador Morlet, del cual una de las calles lleva su nombre. Se sabe que el maestro editó también uno de los primeros periódicos en dicho lugar, llamado “El Eco del Cafetal”, años después a finales de la primera década de este siglo, sus habitantes fundarían también la estación radiofónica “La Flor de la Sierra”. Es uno de los pocos puntos de la sierra de Guerrero que goza de muchos servicios que lo sitúan como una zona urbana como tal, aunque se localice en la parte alta.

El fervor guadalupano entre sus habitantes se demuestran en algunos nombres de las calles y el de la colonia en la cual se encuentra la iglesia. Entre el 10 y 12 de diciembre, el culto a la Virgen de Guadalupe se demuestra en días de celebración y peregrinaciones.

La lluvia llega muy pronto aquí. Cuando las nubes lo permiten, se puede apreciar ya muy cercano el cerro de Teotepec. Durante el 2013, El Paraíso sufrió los estragos de los huracanes Ingrid y Manuel. Después de una breve recuperación, la comunidad mantiene el título de unos de los mejores productores de café de todo el país.

(2016) Carretera hacia el Paraíso.

Superluna de noviembre del año 2016 desde El Paraíso

Juntos de nuevo

Volver a casa ¿Pero cómo se puede volver cuando nunca te has ido? ¿Cómo es que el patio de la casa vuelve a tener el color de miles de días que estuvieron encerrados en el atardecer? Estos días de resguardo, estos días del presente, si algo me han dejado, es que han sido también para valorar la infinita dicha de estar, los que podemos, juntos un día más y tenernos. Varios se fueron, pero llegaron otros a llenar el vacío, a repintar las marcas de la bicicleta, del gis de la rayuela. Llegaron a encender más luces de bengala, a reavivar el verde del almendro, o del árbol de toronja, o el de guayaba, u otro fruto nuevo. Y cada vez al bailar, al romper la piñata, te detienes a pensar por un momento en el “cuánto más”. Entonces, deseas con todas las fuerzas, que al menos, los que aún estamos, se queden para siempre en el patio de esta fiesta.