¿Se acuerdan del boom del manga en méxico?

En México hemos tenido buen anime desde los años sesenta. La historia nos dice que Astroboy fue el primero en llegar a tierras aztecas. Desde entonces, los dibujos animados japoneses ocuparon un lugar muy especial en la programación televisiva. Sin embargo, fue durante los noventa cuando algo estaba a punto de cambiar en el mundo de los cómics.

En España, Caballeros del Zodiaco y poco después Dragon Ball, junto con Supercampeones, gozaron de un éxito rotundo. Naturalmente, en nuestro país también fueron bien recibidos, aunque algunos años más tarde y con una popularidad que todavía era moderada.

Poco después llegó Sailor Moon. Para entonces, en cualquier puesto de revistas podíamos encontrar cuadernos de actividades, álbumes de estampas, libros para colorear y revistas en torno dichas series. Pero lo mejor estaba por venir.

En 1997, Dragon Ball Z se convirtió en un fenómeno monstruoso. Tiendas, papelerías, videoclubes piratas, convenciones, fiestas infantiles y un sinfín de espacios se inundaron de referencias al manga y al anime gracias a Gokú, y finalmente llegaron al país las primeras ediciones importadas los títulos más populares de la mano de dos editoriales que fueron las primeras que le apostaron al nuevo mercado: Editorial Vid y Editorial Toukan. Mientras que Editorial AF lideraba la comercialización de revistas especializadas y también historietas hechas por dibujantes nacionales con estética manga. Muchas no tenían precisamente la mejor calidad, aunque algunas terminaron convirtiéndose en auténticas piezas de culto, de esas que quizá hable más adelante.

De pronto, todo lo que llevara la palabra manga resultaba seductor. Aprendimos con entusiasmo a leer de derecha a izquierda y cada página en blanco y negro nos parecía una obra de arte. La expresividad de aquellos dibujos fue una bocanada de aire fresco frente a una industria dominada por los superhéroes estadounidenses y su estilo realista, cargado de tintas y convenciones visuales.

Que algunos noticieros de la época calificaran a la ola japonesa como pornográfica o satánica fue resultado del desconocimiento de las corrientes culturales que llegaron con ella. El hentai, el yaoi, el shōnen-ai o el cosplay eran conceptos nuevos para este lado del mundo. Muchos los conocimos a través de revistas elaboradas por verdaderos otakus, cuyos artículos reflejaban una seriedad que superaba por mucho a la prensa generalista de aquellos años. Por esa razón, publicaciones como Minami, Dokan o Conexión Manga estaban años luz por delante de los reportajes que aparecían en los canales comerciales.

La fiebre nipona de los noventa duró lo suficiente para que las editoriales importaran nuevos y variados títulos del país del sol naciente. También le dio una especie de segundo aire a la industria nacional, cuyos lectores consumían casi cualquier cosa que llevara la etiqueta de manga, aunque en realidad no lo fuera. El cómic alternativo aprovechó ese impulso para construir su propio nicho.

Al mismo tiempo que el manga ascendía, vimos caer lo que quedaba de otro imperio. Fue la última década en la que las historietas sensacionales lideraron el mercado. Poco después desaparecieron y con ellas se fue el último gran vestigio de aquella época dorada de la historieta mexicana.

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