Zetiuz

Esta historia comenzó a mediados de 1986. Fue en el verano de aquellos tiempos cuando Rei, un niño de ocho años alzó la mirada al cielo y vio una gaviota volar mientras avanzaba en el viejo autobús junto a Astro, su padre.

El ave volaba a la misma distancia que avanzaban entre carreteras y prados llenos de soledad. Rei anheló también surcar los aires. Quiso extender sus manos y esperar a que una fuerza extraña lo levantara. Mientras las ruedas estaban en marcha, cerraba los ojos y descubría nuevos caminos.

 

Yo lo sé

Todo está planeado, lo hemos ya calculado. Me dirigiré silenciosamente hacia la hamaca donde estarás sentado, te ves tranquilo, con aquella camisa sucia pero que me gusta como huele. Huele a puro del tabaco del que fumas, huele también a perfume, agua de colonia, huele a tus largos pasos por el sendero de la vida.
Acabas de llegar de la calle, quién sabe dónde te habrás metido. Pedirás un vaso de agua. Te lo llevaré y tu lo aceptarás, pero ambos sabremos que esa no es tu traviesa intención. Sé perfectamente que cuando termines de beber, arrojarás ése vaso, por sorpresa tomarás mi mano y no me soltarás. Yo trataré de zafarme, claro está, pero tampoco me voy a soltar, en realidad no quiero; al final tu nieto siempre logra caer en tu broma. Me revolcaré en el suelo y el pasillo se inundará de gritos y carcajadas a causa de las cosquillas que me haces con tus manos ya dañadas por los años.
Me levantarás y me sentaré en tus piernas, estarás algo cansado, otra vez no te dejaron dormir los duendes que dices que mecen tu hamaca por las noches. ¡Malditos duendes, los odio tanto! Pero ya no te dejaré solo, estaré contigo, quisiera curar tus heridas que de repente te salieron en la piel por que según te la pasabas comiendo muchas cosas dulces, pero mi abue no me deja, yo no creo que mis dulces te hayan enfermado, cuando pueda, a escondidas,  te llevaré de los que te gustan, pero sólo unos cuantos.
Me recostaré a tu lado y me contarás mi cuento preferido, si, aquél que hablaba del gigante come niños que vivía en el cerro, y que un día, tus papás y los de tus amigos capturaron, y es que se va la tarde demasiado rápido. Mientras en la sala ven la tele, antes de que mi má llegue de trabajar, nos mecemos en tu hamaca.
El cuarto oscuro y el resplandor azul de la televisión como que nos hipnotiza,  en este largo pasillo y al otro lado el patio que dejar ver el cielo estrellado. Poco a poco iré cerrando mis ojos y los dos caeremos dormidos.
Sé que la próxima vez que los abra, tú seguirás ahí, yo sé que algún día te volveré a ver, sé muy bien que tarde o temprano despertaremos juntos otra vez.