A quién le importa…

Buscaba fotos inéditas del Pride del año pasado y encontré estas. Nunca había ido y como tenía vacaciones me dio curiosidad. Me acompañó mi prima Rosa Luz. No esperaba más que pasar un buen rato. Pero pasó algo más. Es imposible no contagiarse de ese sentimiento que aún sigo sin poder explicar. Ver a toda esa gente orgullosa, alegre. Siendo feliz. Nos unimos a la marcha y sentimos esa calidez, esa fraternidad. Escuchaba de repente un murmullo silente, algo que avanzaba entre la multitud muy en mi interior me decía, «Tranquilo, ya sé por qué estás aquí. Qué bueno que viniste». Alguien comenzó a cantar «A quién le importa?» de Alaska. Esa canción es un himno. No me di cuenta en qué momento comenzamos a corearla también. Pensé en los demás, el motivo por el cuál la entonaban; seguramente la mayoría por celebración. Otros por resistencia. Y algunos, pero no por eso pocos, de esperanza, de aliento. Cuántas historias de amor, reflexión, de aceptación, de valentía, angustia o hasta de dolor, habrán tenido que pasar para que podamos cantar «A quién le importa lo que yo diga? A quién le importa lo que yo haga?»

Donde habita el señor

Con esta pieza participé en la XXI Bienal del Pacífico de Pintura y Grabado «Javier Mariano». Cuatro figuras alusivas a las danzas tradicionales de San Bartolomé Apóstol aparecen en la escena. El toro es la presencia dominante dentro de sus festividades tanto de tinte cultural como pagano. Los cocoles se encumbran y los protagonistas de está alegoría conciben un nuevo imaginario. «Donde habita el señor» / Acrílico sobre lienzo / 80 x 100 CM

Yo lo sé

Todo está planeado, lo hemos ya calculado. Me dirigiré silenciosamente hacia la hamaca donde estarás sentado, te ves tranquilo, con aquella camisa sucia pero que me gusta como huele. Huele a puro del tabaco del que fumas, huele también a perfume, agua de colonia, huele a tus largos pasos por el sendero de la vida.
Acabas de llegar de la calle, quién sabe dónde te habrás metido. Pedirás un vaso de agua. Te lo llevaré y tu lo aceptarás, pero ambos sabremos que esa no es tu traviesa intención. Sé perfectamente que cuando termines de beber, arrojarás ése vaso, por sorpresa tomarás mi mano y no me soltarás. Yo trataré de zafarme, claro está, pero tampoco me voy a soltar, en realidad no quiero; al final tu nieto siempre logra caer en tu broma. Me revolcaré en el suelo y el pasillo se inundará de gritos y carcajadas a causa de las cosquillas que me haces con tus manos ya dañadas por los años.
Me levantarás y me sentaré en tus piernas, estarás algo cansado, otra vez no te dejaron dormir los duendes que dices que mecen tu hamaca por las noches. ¡Malditos duendes, los odio tanto! Pero ya no te dejaré solo, estaré contigo, quisiera curar tus heridas que de repente te salieron en la piel por que según te la pasabas comiendo muchas cosas dulces, pero mi abue no me deja, yo no creo que mis dulces te hayan enfermado, cuando pueda, a escondidas,  te llevaré de los que te gustan, pero sólo unos cuantos.
Me recostaré a tu lado y me contarás mi cuento preferido, si, aquél que hablaba del gigante come niños que vivía en el cerro, y que un día, tus papás y los de tus amigos capturaron, y es que se va la tarde demasiado rápido. Mientras en la sala ven la tele, antes de que mi má llegue de trabajar, nos mecemos en tu hamaca.
El cuarto oscuro y el resplandor azul de la televisión como que nos hipnotiza,  en este largo pasillo y al otro lado el patio que dejar ver el cielo estrellado. Poco a poco iré cerrando mis ojos y los dos caeremos dormidos.
Sé que la próxima vez que los abra, tú seguirás ahí, yo sé que algún día te volveré a ver, sé muy bien que tarde o temprano despertaremos juntos otra vez.